lunes

Un destello






Estoy en mi cuarto, de pie ante la caja. Tengo la llave en mi mano. Han pasado nueve meses desde mi accidente y milagrosamente no tengo casi secuelas. Pero me invade un miedo poderoso e irracional. El sonido de la pelota rebotando aún resuena en mi cabeza. De todas maneras, por primera vez en mucho tiempo, tengo las ideas totalmente claras. Sé muy bien qué debo hacer. Tengo que abrir la caja, tal como mi papá debe haberlo hecho en su momento. No sé cuál será su contenido ¿Una carta, quizás? ¿Un testamento? ¿Una vieja foto? En segundos lo averiguaré. El miedo sigue presente, mi corazón se acelera pero, no voy a dejar que eso me detenga. Cada tanto sufro de terribles dolores de cabeza. Ahora mismo están surgiendo. Tomo pastillas para controlar los ataques de pánico. Todavía me pregunto cómo fui a parar de estar inconsciente en la Torre a internada en el hospital ¿Quién me habrá salvado? ¿El Narrador? ¿El Dibujante? ¿La Nena del Vestido Rojo? ¿Esas misteriosas siluetas que me seguían? Ya no importa. Es tarde y mi mamá duerme en su habitación. Estoy sola ante mi destino. Como siempre. Entonces tomo la caja e introduzco la llave en su desgastada cerradura. La abro. Observo. Y no hay nada. La reviso casi con desesperación. Miro si acaso tiene un doble fondo. Nada. Completamente vacía. Entonces, llena de frustración, levanto la vista y me doy cuenta que ya no estoy en mi cuarto. Estoy afuera, en una calle oscura. El cielo estrellado me observa. Un viejo farol ilumina tímidamente una esquina. Grandes árboles me rodean. El silencio me aturde. Puedo sentir ese silencio tan característico. Ya sé dónde estoy: en el Barrio. Pero se lo ve cambiado, más salvaje y primitivo. Tengo una rara mezcla de fascinación y angustia ¿Qué acaba de pasar? Yo misma me siento extraña. Observo mis manos. Se ven más jóvenes y pequeñas. Entonces escucho a lo lejos ladridos de perros furiosos. Un nene como de doce años viene corriendo hacia mí.
-¡No te quedés parada ahí, corré! – me grita
Sin pensarlo empiezo a correr junto con él y veo que tenemos la misma estatura.
-¿Cómo te llamás? – pregunta
-Julieta – digo sin parar de correr.
-Yo soy Alexis ¡Ahora dame la mano!
Le doy mi mano mientras una docena de perros nos persiguen sedientos de sangre. Entonces, un destello me enceguece y los dos aparecemos en una especie de plaza con aspecto de bosque. Ya no hay ningún perro.
-Apuesto a que nunca habías viajado así ¿no? – me dice Alexis sonriendo.
-Te sorprenderías… - respondo mientras recupero el aliento y mi mente se transforma en un retorcido torbellino lleno de preguntas.

La Torre y la Caja






Y por fin estaba de pie ante la Torre. ¿Por qué será que nos fascinan tanto las torres? Están presentes en muchas obras literarias, en mitos y leyendas, en juegos, en grandes sucesos de la Historia. Y ahora, yo también tenía una Torre en mi camino. A decir verdad, no era nada imponente. Apenas debía medir unos 40 metros. Había sido construida con un objetivo noble pero sencillo: llevar agua a los vecinos del Barrio antes de que se instalara el nuevo sistema. Actualmente estaba abandonada y varias veces había corrido el riesgo de ser demolida para aprovechar el terreno donde se levantaba. Sin embargo, aún seguía en pie, observando silenciosamente todo el Barrio. Si bien no era una construcción imponente, era muy tenebrosa, sugestiva, como un humilde faro junto al mar en una noche estrellada.

Tenía que entrar. Entrar y recorrer todos sus rincones en busca de esa pista final que tanto deseaba. La pista final que me llevaría al encuentro con mi padre. Eran las 4 de la tarde y calculé que investigar su interior no debería llevarme más de dos horas. Me aseguré de que no hubiera nadie observándome (lo cual sabía que, en cierta forma, era absurdo: siempre había alguien observándome), crucé las herrumbradas rejas que la rodeaban y me dirigí hacia la puerta sosteniendo la llave que me había dado el Narrador. “Claro, tiene sentido” – me dije – “El mapa del Dibujante me sirvió para llegar a la Torre, entonces la llave debe ser para poder entrar”. Pero, para mi sorpresa, la puerta no tenía cerradura y simplemente había que empujarla para ingresar.
Ya estaba adentro. Olía a tierra vieja y todo se encontraba en la más completa oscuridad. Prendí mi linterna y empecé a caminar por sus angostos pasillos. Había escombros en el piso y me pareció ver una rata negra que corría buscando refugio. Yo no tenía miedo pero sí estaba muy ansiosa. Sabía que debía mantenerme alerta, respirar hondo, observar todo, estar preparada para enfrentar cualquier peligro. Por eso llevaba mi navaja en la mano derecha lista para ser usada. Vi algunas inscripciones extrañas en las paredes, como redactadas en un idioma desconocido y antiguo. También había dibujos de trazos sencillos, como si hubieran sido realizados por niños. Apenas eran visibles pero el que más llamó mi atención era algo así como un grupo de chicos huyendo de otros mucho más numerosos que vestían hábitos negros como los que usan los monjes e iban armados con palos o espadas. Los chicos que huían buscaban refugio en un gran edificio parecido a la Torre pero más grande, como una fortaleza. Caminando otros metros había una escalera. Empecé a subir y, puedo jurar, que mis pasos se confundían con los de alguien más. Miré hacia atrás y, por supuesto, no había nadie. “Pero yo sé que están aquí”, me dije. Más adelante había otra vieja y desgastada inscripción, esta vez en un claro idioma castellano: “La Banda de Los Magos”. Pensé si acaso esa sería la banda de Florencia. La banda que se movía en las sombras y que buscaba salvar al Barrio de “La Gran Devastación”. Consideré que la Torre podría haber sido un gran lugar para que una banda de esas características estableciera su base. Sin embargo, siguiendo unos cuantos metros, había otra inscripción que parecía un poco más reciente: “La Banda de El Coleccionista”. O sea que al menos dos bandas, seguramente en épocas distintas, habían tenido a la Torre como su base de operaciones. Me acordé de Franco, el dueño del negocio de antigüedades, el de la horrible cicatriz en la cara. Él era un coleccionista ¿Sería el mismo?

Continué subiendo las escaleras. Por momentos sentía que temblaban y me daba la impresión de que todo se iba a derrumbar. Volví a escuchar otros pasos y también una serie de golpes secos y lejanos. Me costó un poco descifrar qué eran pero llegué a la conclusión de que se trataba de una pelota rebotando contra el piso. Nada de eso me impresionaba pero sí comencé a llenarme de dudas. “¿Qué se supone que tengo que encontrar? Tiene que ser algo que me conecte con mi padre, pero no solamente eso, también debe llevarme hacia él, si es que después de todo sigue vivo.” Entonces lo supe: tenía que encontrar la caja. La bendita caja que el padre de Florencia le había dado a mi padre con la clara indicación de que debía abrirla solo “cuando la angustia te ahogue, cuando el aburrimiento te haya consumido todos los huesos, cuando se te formen amargos pliegues alrededor de la boca, cuando realmente sientas que no hay esperanza”. Claro, sí, eso era, eso debía ser. La caja. Y con ae del Narrador tenía que abrirla. Y entonces resolvería el misterio. Me lo repetía incesamente porque necesitaba creer que era así. De lo contrario solo estaba perdiendo el tiempo como una imbécil dando vueltas dentro de una torre mugrosa. Pero ¿Dónde estaría escondida la famosa caja? El lugar no era muy grande, pero encontrar una pequeña caja en medio de la oscuridad era algo que bien podía volverse terriblemente difícil. Los golpes secos continuaban pero ya no tan lejanos. ¿Y si era una señal? ¿Y si alguien intentaba comunicarse conmigo mediante esos sonidos? Decidí que debía encontrar su origen, Apuré la marcha y continué subiendo. Todo indicaba que ese rítmico rebotar de la pelota provenía de arriba. Había una pequeña ventana al costado de la escalera y pude ver que ya me encontraba muy alto. Comencé a ponerme nerviosa ¿Quién me estaría esperando? Sujeté con firmeza mi navaja. Los sonidos se volvían cada vez más cercanos. Pronto terminé de subir. No sé si me encontraba en la cima de la Torre o dónde pero aparecí en una gran habitación llena de escombros. Entonces los sonidos se detuvieron. La luz del día se filtraba por otra ventanita y no parecía haber ninguna persona aparte de mí en el lugar. Entonces observé y busqué en todas direcciones. Y no tardé mucho. Ahí, prácticamente en el medio de la habitación, como si hubiera estado esperándome toda la vida, se encontraba la pequeña caja, con su candado, con sus desgastados dibujos en los cuatro costados. Sentí una emoción indescriptible pero también miles de dudas. Me sentía una especie de títere en un juego ambiguo y perverso. Pero no podía hacer más que levantar la caja y salir de ahí. Me agaché, la sostuve en mis manos, volví a pararme y sentí un estruendo. El piso había cedido. Pronto me vi en el aire, sin nada a qué aferrarme, cayendo vertiginosamente junto con cientos de escombros. Con una fuerza irresistible, mi cuerpo golpeó contra el piso de abajo mientras un pesado ladrillo se estrellaba en mi cabeza. Me quedé quieta, tirada en el medio del desastre, tratando de darme cuenta si todavía estaba viva. El silencio era aún más horrible que el estruendo que había escuchado segundos antes. Quise levantarme y no pude. Temí lo peor. Me invadió el miedo en su más primitiva esencia. Quise gritar y tampoco pude. No podía moverme, nadie sabía que estaba ahí, tenía heridas en todo el cuerpo, me había golpeado violentamente la cabeza. Pensé que me iba a morir. Me causó algo de gracia: “Tal vez ésta sea la forma de volver a encontrarme con mi padre”. Estuve algunos minutos sin saber qué hacer y entoncés empecé a sentirme realmente muymal, como si fuera a desmayarme. “Bueno, esto es todo”, me dije. La cabeza me daba mil vueltas, los ojos se me cerraban, todo se volvía confuso, escuchaba voces y un sonido que ya conocía muy bien: la pelota rebotando contra el piso. Con lo último que me quedaba de fuerzas, giré la cabeza para ver de dónde provenía y, finalmente, la vi. Una nena de no más de diez años, con un vestido rojo, mirándome fijamente, con gesto serio, casi de adulta, sosteniendo una extraña pelota entre sus manos.

Después todo se puso oscuro.

miércoles

Capítulo 15: Berenice




Y entonces llegó el día de la mudanza. Aún faltaban un par de semanas para el otoño pero ya empezaban a caer las primeras hojas secas. Yo seguía castigado. Estaba claro que mis padres no iban a dejar que me despidiera de mis amigos, aunque sí me permitieron saludar a Florencia. Yo rechacé el ofrecimiento. No quería saber más nada con nadie. Faltaban dos horas para irnos. En la que hasta ese último día era nuestra casa ya no quedaba más nada así que no podía ni mirar tele, ni acostarme, ni ninguna cosa salvo aburrirme. Entonces salí al jardín y me dediqué a mirar el Barrio. Realmente lo iba a extrañar. Nunca antes en mi vida me había sentido tan vivo, nunca antes había sentido tanta emoción. Mi padre se acercó tratando de consolarme y me dijo algo como “ahora vas a empezar la escuela secundaria… eso sí que es emocionante. Te vas a divertir un montón”. Pero yo no le creí una palabra. Sabía que nunca más iba a experimentar una aventura tan mágica como la del Barrio y nunca más iba a tener una misión así. Entonces mi padre me vio tan melancólico y aburrido que me dio permiso para dar una vuelta de 20 minutos por el Barrio y así despedirme de sus calles. Solamente me advirtió: “no te metas en problemas: ya sos grande”. La idea no me parecía tan interesante pero era mejor que quedarse sentado esperando el momento de partir. 
 
Comencé a caminar observando la belleza y soledad del Barrio. Era muy extraño. Seguía sin haber nadie en las calles. Era como si, después de la Gran Batalla entre la Banda del Jefe y la Banda del Cazador, todo el mundo se hubiera ocultado. O tal vez todo había sido un sueño demasiado real pero un sueño al fin. 


Caminé un par de cuadras pateando piedras y cuando me di cuenta me había metido en una calle repleta de árboles, tantos que la luz del sol no llegaba. Era algo tenebrosa. Daba la sensación de que algo malo iba a pasar. Me apuré en salir de ahí. Pero entonces sentí el típico zumbido de las bicicletas. Pronto me vi rodeado por una banda de unos diez chicos. El que iba a la cabeza era el traidor: Damián.


-Hola, Julio. Un gusto verte de nuevo.


Yo no respondí. Mi corazón comenzó a acelerarse horriblemente.


-Así que hoy te vas del Barrio…


-¿Cómo sabés eso?


-Todo el mundo lo sabe. Lo que pasa es que, Julio, vos no tenés idea de cómo se juega en el Barrio. Por eso cometés tantos y tantos errores.


-¿De qué juego estás hablando? Nada de esto fue un juego.


Damián se rió, pero no fue una risa sarcástica ni burlona, fue una risa como de compasión.


-Mirá, Julio. No quiero hacerte ningún tipo de daño. Supongo que ya sufriste demasiado estando internado, pero para eso me vas a tener que ayudar… ¿Dónde está Alexis?


-¿Alexis? ¿Y yo que sé? Estuve internado. Vos mismo lo dijiste.


-Sé que él tiene los Planos Maestros. Los Planos Maestros que vos me quitaste.


-No eran tuyos.


-No son de nadie ¿O pensás que son de Florencia? Ella te usó para que los encontraras y se los dieras.


Yo no dije nada.


-Te vuelvo a preguntar ¿Dónde está Alexis?


-Ya te dije que no sé. La última vez que lo vi desapareció ante mis ojos ¿Entendés? ¡Desapareció como un fantasma! Todavía no lo puedo creer.


-Creelo porque es verdad. Puede aparecer y desaparecer como quiera.


Yo me estremecí. Me estremecí hasta los huesos. Todo había sido real.


-¿Te impresiona? Eso no es nada. La batalla entre el Jefe y el Cazador destapó varios secretos que estuvieron ocultos durante años en el Barrio.


-¿Cómo… cómo cuáles?


-Como los tesoros… ¿Querés ver uno? – me preguntó con su clásica malicia en el rostro.


Lo miré desconfiado. Entonces sacó de su bolsillo un soldadito de juguete. Me lo mostró y luego sentí el impacto de cientos de golpes en mi cuerpo y caí pesadamente contra el suelo.


Damián y su banda rieron con ganas. Yo intentaba levantarme mientras el dolor se expandía por todo mi ser.


-Disculpame  - dijo Damián con una gran sonrisa – dije que no te quería hacer daño pero no lo pude evitar. Ayúdenlo a levantarse.


-Dejame en paz. No sé dónde está Alexis, no sé nada. En un rato me voy del Barrio para siempre.


-Está bien. Entiendo que no sepas dónde está ese infeliz, pero hay algo que sí me podés decir ¿Qué te dijo Florencia sobre los Planos Maestros?


-Que puede pasar algo terrible si caen en manos equivocadas. – respondí mientras me recuperaba de todos los golpes.


-¿Y?


-Y nada más.


-¿Y vos te pensás que te voy a dejar ir si me ayudás tan poco?


-Ya escuchaste que no sé nada ¡Seguramente vos sabés mucho más que yo!


-Ah, Julio. Dije que no quería hacerte daño pero no me dejás alternativa.


Entonces uno de sus ¿soldados? me agarró desde atrás mientras otro se acercaba dispuesto a darme puñetazos en la cara y en el estómago. Me dio el primer golpe y cuando iba a darme el segundo, un cuchillo se clavó en su mano de una forma tan violenta que la atravesó.


El chico gritó mientras la sangre caía sobre el suelo. Hubo una gran conmoción. Entonces, a lo lejos, apareció una chica con un vestido púrpura y con un cuchillo en cada mano.


-Es Berenice – murmuró Damián - ¡Vámonos!


Y todos desaparecieron.


La reconocí. Era la chica de la Banda del Jefe. La que me había mirado de forma extraña la primera vez que nos encontramos. La que me había salvado durante la batalla final en la Base del Cazador. Se acercó rápidamente y pronto estuvo frente a mí.


-Me salvaste de nuevo. Gracias.


-Sí. Está claro que no podés cuidarte solo.


-Confío demasiado en la gente ¿Vos también vas a pegarme? ¿O a cortarme?


-No. Vengo a decirte que te vayas de una vez por todas de acá.


-¿Solo eso? Hoy me mudo con mi familia, así que tu deseo se va a hacer realidad en menos de dos horas.


-Sí pero, también vengo a decirte que vuelvas.


-¿Qué?


-Vos te vas a dar cuenta cuando llegue el momento. Tenés que volver al Barrio y salvarlo de la Gran Devastación.


-Pero, pero… ¿Y eso qué es? ¿Y por qué yo?


-Un día vas a conocer todos, absolutamente todos los secretos del Barrio y así vas a salvarlo. Hoy no.


Y se fue sin agregar nada más.

domingo

Capítulo 14: Sobre las ruinas de tus sueños


Actualización:
Después de un tiempo, Los Secretos del Barrio ha vuelto. Julieta nos ha dejado instrucciones muy claras sobre lo que debe ser publicado y lo que no. Mientras esperamos que ella regrese, nos iremos encargando de la administración de ésta página. Saludos a los lectores. - Mayo de 2016
 
Una vez que abandoné el hospital y volví a mi casa, lo hice en carácter de "castigado". Tenía totalmente prohibido salir a la calle. No me importó. Estaba tan decepcionado y deprimido que no quería saber nada con nadie. Al día siguiente mi papá me contó que le habían dado el alta a Florencia. Eso me alivió y fue la única novedad que obtuve del mundo exterior. Pasaba los días ayudando con las tareas de la casa, leyendo y estudiando (esto último, de forma obligada). Al poco tiempo, la actividad principal fue prepararse para la mudanza. Mi madre me puso, primero, a revisar casa una de mis cosas. La orden era clara: tirar a la basura todo lo que pudiera y dejar solo lo indispensable. Sinceramente, si era por mí, hubiera tirado todo. Empecé a llenar cajas y bolsas. Libros, cosas de la escuela, viejos juguetes, ropa, porquerías. El tedio me aplastaba. Sin embargo, no quería pensar. Si me ponía en eso, la angustia me iba a consumir por completo. Cuando al fin terminé con mis cosas, mi mamá me mandó a revisar el resto de la casa. Mis últimos días en el Barrio estaban muy lejos de las aventuras y los misterios de antes.

Una tarde me quedé solo. Al principio me dio igual pero luego me di cuenta que esa era mi última oportunidad para descubrir qué había pasado. Tenía aproximadamente una hora para salir y volver sin que mi madre me descubriera. Dudé un poco. No quería meterme en más problemas. Pero la intriga pudo más y salí de casa.

No sabía bien por dónde empezar. Tenía miles de preguntas. ¿Hasta qué punto todos los sucesos vividos habían sido reales? Me dirigí hacia el árbol donde había caído Florencia, el mismo lugar donde le quité los Planos Maestros a Damián. No encontré nada, todo permanecía igual que siempre. Corrí hacia la Base del Cazador, donde se había producido la batalla final contra la Banda del Jefe. Tampoco había nada. Era como si nunca hubiera existido una base ahí. La angustia comenzó a ahogarme. Volví a correr, esta vez, hacia la Base del Jefe. Al llegar vi que todo estaba desolado. Tenía la sensación de ser la única persona deambulando por el Barrio en ese momento. El tiempo pasaba y ya no sabía a dónde ir ni qué hacer. Comprendí que lo único que me quedaba era ir a casa de Florencia. Pero no me animaba. Había perdido los Planos Maestros y no tenía el valor de decirle cara a cara que le había fallado. Seguramente ella estaba ansiosa por tener noticias mías, aunque también era muy probable que su misteriosa Banda ya se las hubiera dado. Además, tenía temor de verla distinta, ya sin su energía y frescura. Sin embargo, saber que me quedaban pocos días y que tal vez no volvería a tener otra oportunidad de hablar con ella, me dio el impulso definitivo para buscarla.

Empecé a caminar. Me sentía raro. Como si fuera un extraño en una tierra desconocida. Apenas había gente en las calles. Tenía la esperanza de encontrar a alguien que pudiera decirme qué había pasado, pero todo el mundo parecía haber desaparecido. Avancé algunas cuadras y de pronto escuché detrás de mi un zumbido que iba aumentando de intensidad. Me di vuelta y vi a una docena de chicos en bicicleta que pasaban a mi lado a gran velocidad. Fue tan rápido que apenas pude distinguirlos pero estaba casi seguro que el que iba delante de todos era Damián. Sentí escalofríos. ¿Ahora el traidor tenía una nueva banda? Por suerte no me había visto. O tal vez sí lo había hecho solo que ya no le importaba. Me pregunté qué tramaría. ¿Estaría planeando recuperar los Planos Maestros? No tenía tiempo para pensar en eso. Continué caminando y pronto llegué a la casa de Florencia. Al principio no supe qué hacer. No quería tocar la puerta y que sus padres me vieran. Si estaban al tanto de mi castigo no dudarían en avisarle a mi madre. Estuve un minuto en la vereda mirando hacia el segundo piso, donde estaba la habitación de Florencia, cuando vi algo increíble. Una paloma apareció volando de la nada y se acercó a la ventana. Al instante la ventana se abrió y vi a Florencia agarrar al ave para llevarla adentro.

–¡Flor! – la llamé sorprendido.

Florencia miró hacia abajo.

–¿Julio? ¿Qué hacés ahí? Pasá, estoy sola.

Lleno de emoción y nerviosismo quise abrir la puerta pero estaba cerrada.

–¡Está cerrada! ¿No podés bajar a abrir?

–No. Esperá un segundo.

Volvió adentro y enseguida apareció de nuevo descolgando una escalera hecha con sogas. Yo sinceramente no lo podía creer. Pronto empecé a subir con bastante dificultad mientras Florencia decía que tuviera cuidado. Cuando finalmente entré a su habitación vi porqué no podía bajar: estaba en una silla de ruedas.

–No, Flor... ¡No puede ser! – dije angustiado.

–No te preocupes, estoy bien.

–Pero... ¿Cómo? ¿No se puede hacer algo? ¿Vas a volver a caminar?

–No se sabe.

Me senté en su cama. Me parecía injusto. Una chica llena de energía que no podía caminar era simplemente un crimen, una aberración. Florencia tenía la paloma entre sus manos. Le tomó una pata y sacó un papelito. Era una paloma mensajera. Estaba confundido y asombrado. ¿Quién o qué era Florencia? Leyó el mensaje y rápidamente lo quemó con un encendedor. Luego comenzó a escribir en un pedazo de papel y cuando terminó se lo colocó al ave y la dejó volar por la ventana. Después me miró.

– Estás triste, Julio.

–Sí

–No deberías.

–No podés caminar, perdí los Planos Maestros y estoy a punto de mudarme ¿Por qué no debería?

–Mirame, Julio. Estuve a punto de no despertar pero acá estoy.

–¿Y valió la pena?

–Claro que valió la pena.

–¿Quién sos, Flor? ¿Qué son esos barriletes, estas palomas, estos secretos? El Mensajero dijo que ustedes quieren salvar al Barrio. Uno de la Banda del Jefe me djo que tienen que salvarlo de algo que se llama "La Gran Devastación" ¿Qué es eso? – dije casi suplicando.

–Julio, mientras menos sepas, mejor. Te vas a mudar en el momento justo: las cosas se van a poner muy oscuras por acá.

Su tono era lúgubre. Nunca antes había visto así a Florencia.

–Pero... arriesgué mi vida por esos Planos solo porque me lo pediste – respondí– creo que al menos merezco saber qué son.

Florencia se quedó en silencio por unos instantes. Su rostro estaba muy serio y pensativo. Luego dijo:

–Tenés razón. Es lo justo.

Me estremecí ante la posibilidad de que por fin alguien me diera una explicación.

–Supongo que alcanzaste a ver los Planos Maestros – me dijo.

–Sí... por unos segundos. Parecía algo como de arquitectura, pero no llegué a entenderlos.

–Casi nadie los entendería, pero si llegan a caer en manos equivocadas, sería terrible.

–¿Por qué? – pregunté totalmente ansioso.

–Porque sirven para construir algo terrible. – respondió Flor con la ambigüedad de siempre.

Yo escuchaba con atención pero era evidente que ella no estaba dispuesta a darme todos los detalles. Al borde de la frustración dije:

–Ahora los tiene Alexis ¿Eso es algo "terrible"?

–Todavía no lo sabemos, pero no nos vamos a quedar de brazos cruzados esperando... y podés estar seguro que hay otra gente que tampoco va a esperar. La verdad, no quisiera ser Alexis en este momento.

Su voz adquiría un tono sombrío.

–Hay un rumor cada vez más fuerte que dice que hay miles de tesoros en este Barrio. Algunos están ocultos, otros ya tienen dueño... algunos de ellos son muy poderosos.

–¿Tesoros? ¿Qué tipo de tesoros? ¿Cofres llenos de monedas?

–No, objetos. Al parecer los mismos Planos Maestros son un tesoro.

–Pero ¿De dónde salieron esos tesoros?

–Quién sabe. Parece que pertenecieron a algunas bandas que hubo en el Barrio hace mucho tiempo.

–Flor, siento que no me estás diciendo todo lo que sabés.

–Es cierto, pero creeme que es por tu bien.

–Sin embargo, no tuviste problemas en encomendarme que buscara los Planos aún sabiendo lo arriesgado que era. Casi me cortan la garganta, Flor.

–También tenés razón pero considerá que estaba a punto de desmayarme. Es más, yo pensé que me moría. No era mi intención ponerte en peligro. Te pido perdón y además, te agradezco todo lo que hiciste.

–No, Flor. No hace falta que me agradezcas nada.  – respondí como quien repite una letanía.

Una gran melancolía me invadió y no solo por tener que abandonar el Barrio sino por sentir tan distante a Florencia. Lo que había temido se estaba cumpliendo. No parecía ser la misma. No se la veía angustiada por no no poder caminar, seguía teniendo la misma energía de siempre. Era su trato hacia mí el que había cambiado. Era como si, ahora que yo conocía su "doble vida", ya no tuviera necesidad de aparentar ser una chica común y corriente. Tenía una misión que cumplir. Una misteriosa Banda con la que se comunicaba a través de barriletes y palomas. ¡Tenía que salvar al Barrio de la Gran Devastación! Ya no tenía tiempo para mí, si acaso alguna vez lo había tenido.

–Julio, tenés que irte ahora mismo: llegó mi papá. – dijo de pronto mientras miraba por la ventana.

–Bah, no te hagás problema, con tu papá somos prácticamente amigos.

–¿Cómo? ¿Hablaste con él? – exclamó Florencia muy sorprendida y preocupada.

–Sí... lo acompañé al hospital a verte y después él me visitó ¿Pasa algo?

–No, Julio, no puede ser ¡Decime que no es verdad! – dijo mientras se agarraba la cabeza de forma desesperada – ¿Qué te dijo? ¡No podés confiar en mi viejo!

–Pero no entiendo ¡Decime qué pasa!

–No hay tiempo, tenés que salir ahora mismo.

Con la cabeza dándome mil vueltas comencé a bajar a través de la ventana. No sabía qué estaba pasando pero la reacción de Florencia me llenó de temor. Entonces, antes de tocar tierra, se asomó y me dijo:

–Pase lo que pase, no hagás nada de lo que te haya dicho ¡Prometelo!

–Pero...

–¡Jurámelo!

–¡Bueno, está bien, lo juro!