jueves

Capítulo 6: Un cuchillo en la garganta

¡Hola a todos! Antes que nada, pido disculpas por la demora en postear, fueron semanas intensas en la facultad, pero ahora que me he liberado con éxito, vuelven las entregas del diario que escribió mi papá cuando tenía 12 años. En el post anterior mencioné que recibí unas “extrañas llamadas telefónicas”. Fueron unas cuatro. En las tres primeras atendí el teléfono pero nadie respondía, solo se escuchaba el sonido de la respiración, muy a lo película mediocre de suspenso. En la cuarta llamada ya me estremecí un poco:

Yo: Hola

Desconocido: ¿Julieta?
Yo: Sí ¿Quién habla?
Desconocido: ¿Julieta Figueroa?
Yo: Sí ¿Y usted es…?
Desconocido: Alguien que conoció a tu papá.

Y eso fue todo. Pudo haber sido una broma de algún amigo, alguien con ganas de molestar o quizás, alguien que realmente conoció a mi papá y que tal vez leyó este blog. Realmente lo dudo pero, como sea, me ha dado la idea (¿cómo no se me ocurrió antes?) de ir al Barrio. Recorrerlo, conocerlo, sacar fotos. Quiero pisar las calles de ese misterioso Barrio en donde mi papá vivió esta aventura oscura e increíble.

Ahora sí, el capítulo 6:

Estaba tirado en el suelo, sufriendo uno de los peores dolores que había sentido jamás, cuando escuché un revuelo a mi alrededor. La Banda del Cazador se acercaba corriendo para capturarme. El traidor de Damián los esperaba mientras me retenía en el suelo. De pronto se inclinó y me dijo algo al oído. No entendí pero alcancé a distinguir la palabra “líder”. Enseguida llegaron los guerreros del Cazador. En ese momento no me importó el enorme problema en donde me había metido, solo quería que el espantoso dolor en mi cara se detuviera. Cuando los chicos del Cazador me levantaron para llevarme al interior de la Base, pude ver que unas pequeñas gotas de sangre caían desde mi nariz al suelo.

Todo lo que pasó después lo viví como un confuso y nebuloso sueño. Me acuerdo que un par de guerreros me llevaron prácticamente a las patadas a la Base, es decir, al patio de la casa en donde estaban asentados. Era bastante grande y con algunos árboles y arbustos. Vi que había varios chicos yendo y viniendo, ocupados en varias tareas. Llevaban cosas a una especie de depósito, creo que eran armas (palos y lanzas). Incluso uno tenía una carretilla que parecía estar llena de piedras. También vi que en el centro de la Base había una especie de cabaña de madera. Deduje que ese era el “centro de operaciones” del Cazador y que, muy probablemente, allí estarían los Planos Maestros.

Los que me llevaban me pusieron contra un árbol y me dijeron que me quedara quieto. Un par se quedaron vigilándome y otro se fue. Imaginé que había ido a buscar a alguien, probablemente el Cazador. Recién en ese momento, mientras me recuperaba y empezaba a dejar de sangrar, comprendí el terrible problema en el que estaba. No sé si Damián tenía un trato con el Cazador, o si había decidido de la nada entregarme pero me sentí un idiota por no haberlo previsto. Damián siempre había sido oscuro, frío y con alma de traidor, pero, por otro lado, también era carismático, muy seguro de sí mismo y dueño de una personalidad de líder casi irresistible. Esa mezcla de características hacía que no fuera fácil enfrentarlo. Sin embargo, en ese momento me moría de la rabia y deseaba sobrevivir sólo para poder vengarme. Vi a Damián una vez más después de aquel día y puedo decir que no fue una venganza completa… o más bien, ni siquiera fue una venganza. Ya habrá tiempo para contarlo.

Estaba de pie, en la base de una de las dos bandas más temibles del Barrio, con la cara hinchada y a punto de ser interrogado por su líder, el famoso Cazador, pero no estaba desesperado. Tenía algo de temor, pero más que nada, tenía incertidumbre. La Banda del Cazador quería iniciar una guerra, se estaban armando para eso, querían ser los dueños del Barrio, y no iban a tener piedad por un espía. Si querían demostrar su poderío, tendrían que eliminarme.

Entonces llegó el Cazador. Creo que nunca lo había visto antes. Era un chico común, iba vestido de forma común, estatura normal, pelo oscuro, delgado. Pero había algo extraño en él. Era su mirada. Tenía una mirada fría y temible. Según había escuchado, le decían “Cazador” porque su actividad preferida era cazar pájaros. Al parecer, se jactaba de haber dado muerte a un pájaro enorme, con apariencia de águila, que a veces se dejaba ver por los cielos del Barrio y que era famoso por capturar animales grandes, como gatos y perros. El Cazador estaba frente a mí y pude comprobar que realmente tenía un aura de líder, no como yo, que en mi primer día de liderazgo había sido humillado y traicionado de la forma más despreciable y patética. El Cazador parecía estar apurado y empezó a interrogarme sin mucho interés.

-¿Quién sos? –me dijo mirándome con algo de desprecio
-Julio…
-¿Julio que?
-Julio Figueroa.
-¿De qué Banda sos? ¿Respondés al Jefe?
-No.
-¿Qué hacías espiando?
-Nada, no estaba espiando.

El Cazador me miró con mucho fastidio. Se leía en su mirada que tenía muchos asuntos importantes en los cuales ocuparse, más que perder el tiempo interrogando a un payaso con la cara hinchada.

-¿Qué estabas buscando, Julio Figueroa?
-No estaba buscando nada.

Yo trataba de mantenerme firme y no mostrar miedo, aunque no sé si lo logré. Pensé que el interrogatorio duraría más tiempo y que tarde o temprano tendría que confesar que buscaba los Planos Maestros, pero no fue así. El Cazador me lanzó una nueva mirada de fastidio y luego le dijo a dos de los que me habían traído:

-Llévenlo al baldío y ejecútenlo. No tengo tiempo para esto.
-Pero, Cazador ¿No habría que averiguar bien quién es y que estaba buscando?
-¿Qué importa eso? Lo que sea que estuviera buscando, no lo encontró. Llevatelo.

En ese momento llegó otro chico.

-Cazador, el que entregó al intruso quiere hablar con vos.
-¿Qué dice?
-Que no conoce al espía, solo lo vio rondar por la Base y, como tiene ganas de pertenecer a la Banda, le pegó para demostrarnos lo que vale.
-Hmm, bueno, ahora voy. Terminen con este asunto y vuelvan rápido porque tenemos mucho trabajo.

No puedo describir con palabras el odio que me invadió en ese momento. El sucio traidor de Damián tenía un plan y yo era su primera víctima. También me acordé de Ezequiel. Ese otro desgraciado era su aliado estratégico y otro de los que esperaba poder vengarme en el caso de salvarme.

Pero salvarse parecía imposible. Sin más trámites, dos de los guerreros del Cazador obedecieron la orden de su jefe, me sacaron de la Base y me llevaron a un baldío cercano. El Cazador había dicho que me “ejecutaran”. Llegamos al baldío. Era una siesta calurosa, solitaria (no había absolutamente nadie en las calles) y algo melancólica. Uno de los chicos tenía un enorme cuchillo. Vi la frialdad de su mirada y pensé “¿Acaso realmente va a matarme?”. Sentí que me mareaba. Otra vez esa desagradable sensación de que todo es un sueño se apoderaba de mí. Ya no podía esperar más ni fingir que estaba tranquilo, tenía que resistirme, lanzar patadas, puños, morder, cualquier cosa con tal de que no me clavaran ese cuchillo ¿Tan rápido iba a terminarse mi aventura? Los chicos me ordenaron que me diera vuelta. Forcejeé un poco pero fue inútil. Recibí algunas patadas, caí de rodillas y de pronto, sentí que uno me levantaba el cuello. Así que esa era la forma en que el Cazador ejecutaba a los espías: cortándoles la garganta. Cerré instintivamente los ojos y me acordé de Flor. ¡Qué rápido que le había fallado! Mi destino de aventuras y de líder de mi propia Banda se hacía pedazos contra la realidad. Pero entonces escuché un grito ahogado y las manos que sostenían mi cuello me soltaron. Uno de los chicos cayó a mi lado. El otro empezó a mirar para todos lados, desesperado. Al instante cayó también en el pasto. No lanzó ningún grito pero sí pude escuchar el ruido de un golpe seco. Al mismo tiempo sentí que algo me salpicaba la cara. Era sangre. Dos piedras junto a mí eran la respuesta de lo que había pasado. Sólo alguien en todo el Barrio podía hacer gala de semejante puntería. A lo lejos la observé. Corriendo por la calle en dirección hacia mí se acercaba Victoria, una de las guerreras de la Banda del Jefe, la mejor artillera de todo el Barrio. Acababa de salvarme la vida, pero cuando estuvo frente a mí, me apuntó con su hondera y gritó:

-No intentés nada raro, vas a venir conmigo.

Yo seguía arrodillado en el pasto ¿Qué podía intentar?