viernes

Capítulo 8: Increíble y Perturbador



El padre de Florencia me hizo subir a su auto y partimos rumbo al hospital. Había hablado muy pocas veces con él. Siempre me saludaba muy amablemente pero nada más. Sin embargo, en aquel viaje en auto pude conocerlo mejor y me cayó demasiado bien. Primero me preguntó porqué estaba tan golpeado y cuando pensé que me iba a dar el típico sermón de “no es bueno pelear” me dijo que cuando él era chico le encantaba vivir aventuras y se peleaba todo el tiempo. Me contó que era el líder de su propia banda, pero que no sólo peleaban sino que también les encantaba descubrir e inventar cosas y que estaban obsesionados con la magia. Hablaba entusiasmado, como si por un momento volviera a tener 10, 11 o 12 años. Me dijo que yo le hacía acordar mucho a él y que no debía perder la pasión por la aventura. Señalaba que cuando vamos creciendo y las responsabilidades empiezan a ser mayores uno tiende a dejar de lado lo que le gusta y nos olvidamos de las aventuras. Nos hacemos patéticos seres grises que van a la escuela o al trabajo y se mueren extrañando los días de juventud.

Algunos minutos después llegamos al hospital. No tuvimos que esperar demasiado para entrar a la habitación donde Florencia dormía. Verla así fue un golpe demasiado fuerte, sobre todo porque me hacía acordar al nefasto momento en el que se había caído del árbol, pero por otro lado me alegraba mucho poder verla de nuevo. Estaba hermosa y con una expresión de tranquilidad, pero yo tenía la certeza de que se moría de ansiedad por no poder levantarse y salir a vivir su aventura. El médico le explicó al padre que Flor evolucionaba bien pero que todavía no podía saberse con exactitud cuándo iba a despertar. Con respecto a si iba a poder volver a caminar, dijo que aún era muy pronto como para saberlo.

Yo me moría de ganas por acercarme a su oído y contarle todo lo que me había pasado. Deseaba poder explicarle que la situación me había superado y que me quedaban muy pocas fuerzas como para seguir. Necesitaba un consejo, una idea, pero sobre todo, necesitaba ánimos. Me había quedado solo. Sin embargo, me tuve que quedar con las ganas. El padre de Flor estaba ahí y ni él ni nadie podían enterarse de mi misión.

Durante el viaje de regreso, el padre de Florencia estuvo mucho tiempo en silencio. Se lo veía bastante mal. Ya no tenía ese brillo en los ojos que le había visto cuando recordaba sus aventuras. Ver a su hija inconsciente lo había devuelto a la realidad. Pero cuando estábamos llegando al Barrio volvió a hablar y sus palabras me impactaron:

-Yo sé que Flor se va a poner bien. Todo esto es un momento muy desagradable y hay que pasarlo pero estoy tranquilo porqué sé que se va a despertar y va a volver a ser la chica imaginativa e inquieta que siempre fue. Además, si esto le tenía que pasar, prefiero mil veces que haya sido por caerse de un árbol viviendo una aventura que por otra razón más estúpida e inútil como un accidente en la ruta o una enfermedad. Cualquiera podría decir “Si no se hubiera subido a ese árbol esto no le habría pasado” pero ¿Sabés qué? Si no se hubiera subido a ese árbol sería una chica triste y reprimida. Una chica que un día va a ser una adulta arrepentida de no haberse subido a ese árbol.

Aquel hombre hablaba con una pasión y convicción que emocionaban, sin embargo, cuando ya faltaba una cuadra para llegar, dijo algo demasiado extraño y perturbador:

-Julio, no te transformés en ese adulto. Vos no sos como la mayoría. No sos de los que se rinden, de los que abandonan la aventura, de los que le huyen al destino. Vos sos diferente. Obstáculos siempre hay ¡y menos mal! Porque sino, no habría ninguna aventura.

En ese momento paramos frente a su casa. Habíamos vuelto al Barrio. Bajé del auto algo aturdido por tantas emociones ¿Por qué me había dicho todo eso? ¿Sabía acaso sobre mi misión? ¿Acaso sabía que todo me estaba saliendo mal y que pensaba abandonar?
Entonces, cuando me estaba por despedir, el padre de Flor me dijo que esperara, que quería darme algo. Se metió a su casa y yo me quede de pie en la vereda. Al instante salió con una pequeña caja de madera en sus manos.

-Julio, esto es para vos. Adentro hay algo grande. Algo que te puede ayudar. Pero no la abrás ahora. Abrila cuando la angustia te ahogue, cuando el aburrimiento te haya consumido todos los huesos, cuando se te formen amargos pliegues alrededor de la boca, cuando realmente sientas que no hay esperanza. Ahora no. Ahora estás a tiempo de cambiar tu destino, de elegir el camino.

El padre de Flor se despidió y yo me quedé de pie con la caja de madera en mis manos, mientras atardecía en el Barrio. Por un momento consideré la posibilidad de que aquel hombre estuviera loco pero la deseché rápidamente. Ese hombre realmente amaba la aventura y si me había regalado una caja de madera con algo “grande” adentro que sólo debía abrir cuando sintiera que ya no había esperanza, entonces así iba a ser. De repente, mi incertidumbre y mis temores comenzaban a apagarse ante una oleada de valor y determinación. No podía rendirme. Las palabras del padre de Flor empezaban a hacer un gran efecto en mi ánimo. Una vez más me daba cuenta que no podía fallarle a Florencia.

Entonces, a lo lejos apareció Lombriz. Sentí una tremenda alegría al ver a mi gran amigo acercarse con su inconfundible paso, hasta me daban ganas de abrazarlo, pero pronto noté algo en él que me estremeció. Era su expresión. Parecía que había visto un monstruo, algo increíble y perturbador. Cuando nos encontramos, me dijo que él y Alexis habían visto al Errante en el Desierto pero cuando quisieron hablarle, comenzó a correr. Lo persiguieron algunas cuadras pero demostró ser extremadamente ágil y veloz. Los mareaba, se escondía y desaparecía detrás de los árboles para luego aparecer tras ellos y correr en dirección contraria. Lo perdieron de vista varias veces hasta que finalmente, Alexis logró alcanzarlo en una esquina. Y acá viene lo que impactó a Lombriz: él estaba más o menos a una cuadra de distancia observando cómo Alexis forcejeaba con el Errante. Su intención era apurarse en llegar para ayudarlo a reducirlo. Mientras me lo contaba, Lombriz insistió muchas veces en que el brillo del sol lo enceguecía, que estaba muy cansado de tanto correr, que había algunos árboles que le tapaban la vista y que además, la distancia era importante. Yo me volvía loco. “Pero ¿Qué viste, Lombriz? ¡Decime qué viste!”

-Desaparecieron los dos, Julio. Cuando llegué a la esquina, ya no estaban.

Una leve brisa soplaba por entre los árboles. Realmente era un hermoso atardecer en el Barrio.

jueves

Los Secretos del Barrio en Facebook

Como algunos de ustedes saben, estoy en Facebook. Aunque abrí mi perfil desde hace un tiempo, recién últimamente le empecé a prestar más atención. Para los que quieran "agregarme como amiga" ésta es la dirección http://www.facebook.com/julietafigueroa

Otra cosa, una amiga me dio la idea de hacer una página en Facebook para Los Secretos del Barrio. Quise probar y varios amigos ya se han hecho "fans". ¡Gracias a todos por la buena onda!

Para los que se quieran sumar, pueden acceder desde el panel que está en la columna de la derecha o sino desde ésta url http://www.facebook.com/pages/Los-Secretos-del-Barrio/139374026833

¡Saludos y pásenla bien!

Capítulo 7: Encuentro con el Jefe

La última vez que escribí conté mi deseo de visitar el Barrio donde mi papá vivió la aventura que narra en su diario. Finalmente lo hice y en los próximos posts voy a contar cómo fue, además de publicar algunas fotos. Estuvo bastante bueno aunque también fue medio raro ya que conocí a algunas personas “extrañas” por así decirlo. Por eso he andado desaparecida aunque también porque volví a recibir llamadas por parte de ese hombre que me dijo que “conoció a mi papá”. Tal vez sea muy pronto como para comentarlo pero al parecer se quiere encontrar conmigo ya que tiene “algunas cosas que contarme”. Ya veremos de qué se trata, ahora, el Capítulo 7 ¡Gracias a todos por el aguante!

Victoria me ordenó que me levantara. Era la primera vez que veía a la mejor artillera del Barrio tan de cerca. Me pareció hermosa. Su pelo oscuro contrastaba con su piel blanca lo cual creaba un efecto mágico. Pero más allá de sus finas y bellas facciones, el rostro de Victoria indicaba seguridad y furia. Sin hablar demasiado me empujó y me dijo que caminara por delante de ella. Me advirtió que cualquier otro movimiento sería respondido con una piedra que “me reventaría la cabeza”. De más está decir que obedecí sin discutir. Atrás de nosotros quedaban dos chicos tirados en el pasto que podían asegurar que Victoria hablaba en serio.


En cuestión de segundos había pasado de ser prisionero del Cazador a ser prisionero de la Banda del Jefe. Tenía algo de temor pero más bien curiosidad por lo que iba a pasar. Acababa de salvarme de la muerte e inconscientemente pensaba que nada peor podría pasarme.
Caminamos unas cuantas cuadras. El sol pegaba fuerte y no había nadie en las calles. Victoria no hablaba, solo iba detrás de mí con su hondera lista para disparar. Pronto vi que nos acercábamos a la misteriosa Base. Me puse algo nervioso cuando supe que estaba por entrar a ese extraño lugar donde habitaban los feroces guerreros del Jefe, el personaje más admirado y odiado de todo el Barrio.

Finalmente llegamos a la Base. Al igual que el búnker de la Banda del Cazador, estaba en el patio de una casa rodeada de árboles y arbustos. Victoria me obligó a entrar. La Banda del Jefe era conocida por ser una de las más numerosas pero en ese momento había muy pocos chicos en su interior. Deduje que estarían dispersos por el Barrio, investigando o en alguna misión. No me olvidaba que la guerra contra el Cazador estaba a punto de estallar. Lo que no me imaginaba era que días después yo iba a jugar un papel demasiado importante en la resolución del conflicto.


Además de una suerte de cabaña, había un gran árbol en la Base. En lo alto había alguien observando la inmensidad del Barrio. Era el Jefe. Victoria llamó a unos chicos para que me vigilaran mientras ella iba a buscarlo. Hacia el fondo del patio había una segunda cabaña. Tenía aspecto como de abandonada pero despedía humo por una chimenea. Me pregunté quién estaría adentro y qué estaría haciendo ahí.


Pronto, el Jefe bajó del árbol y se dirigió hacia mí. Era extraño, en tan solo una hora iba a terminar siendo interrogado por los dos líderes más importantes del Barrio. Pero el Jefe me pareció distinto al Cazador. Si bien inspiraba temor y respeto, su mirada no era la misma. Era una mirada que transmitía misterio, como la de alguien que guarda muchos secretos, secretos que lo atormentan pero que nunca revelará a nadie.

Me preparé para ser menospreciado e insultado pero, para mi sorpresa, el Jefe resultó ser alguien amable que pretendía transmitir confianza.


-Volviste a nacer ¿Eh? El Cazador no se anda con vueltas, por suerte Victoria andaba cerca.

-Sí…
-¿Viste la puntería que tiene? Es impresionante.

-Sí, me gustaría darle las gracias pero no parece estar de humor.

-Jajaja, no te preocupes. Así es siempre.


La buena onda del Jefe parecía sincera así que me aventuré a hacerle una pregunta.


-Lo que no entiendo es porqué estoy acá ¿Soy prisionero?

-¿Prisionero? Yo no diría eso, solamente te quiero hacer unas preguntas, pero primero lo primero ¿Cómo te llamás?

-Julio
-Ah, como Julio Verne. Buena novela esa Cinco Semanas en Globo ¿La leíste?

-Sí, muy buena.

-Me gustaría volar en globo alguna vez, pero por ahora estoy más cerca de hacerlo con un barrilete, jaja


Al decir eso, el Jefe me miró de una manera extraña que me inquietó ¿Acaso sabía lo del barrilete de Florencia y los Planos Maestros?


-Y decime, Julio ¿Por qué el Cazador te quería cortar la garganta?


Finalmente, el Jefe mostraba sus verdaderas intenciones. Quería sacarme información, seguramente pensaba que yo podía revelarle varios datos importantes de su enemigo… o quizás estaba detrás de los Planos Maestros. Como fuera, no podía contarle la verdad. No podía fallarle a Florencia entregando semejante información. Mi deber era encontrar esos Planos, no dárselos a la Banda más temible del Barrio.


El nerviosismo empezaba a apoderarse de mí. Ya no recuerdo muy bien qué le dije, pero inventé una historia poco creíble. Yo andaba cerca de la Base del Cazador, sus guardias me detuvieron pensando que era un espía y antes de que pudiera dar explicaciones, el Cazador mandó a que me ejecutaran sin más.

El rostro del Jefe comenzó a cambiar. Ya no transmitía amabilidad ni confianza, ahora parecía tener cierta indignación-

-Julio ¿Hay algo que te haga pensar que yo no voy a dar la misma orden que el Cazador? Es más, podría cortarte la garganta yo mismo, ahora mismo.


-No entiendo…- dije dispuesto a no ceder.

El Jefe sonrió e inmediatamente gritó un nombre, creo que “Berenice” o algo así. Enseguida apareció una chica que llevaba un vestido de color morado. Era pelirroja, pálida y hermosa, aunque de apariencia y mirada inquietante. Oscura y melancólica. Berenice, si es que así se llamaba, traía un enorme cuchillo en la mano. Se lo dio al Jefe y se marchó. Antes me miró a los ojos, como si le sorprendiera verme ahí, como si ya me hubiera visto antes.


El Jefe me puso el cuchillo en la garganta y pude sentir el frío del metal en mi piel.
Verdaderamente sentí miedo, pero no por volver a estar tan cerca de morir sino por la mirada del Jefe. Había cambiado totalmente. Ahora estaba loco, endemoniado, decidido a matar.


-Escuchame, pelotudo, mejor que me digas la verdad porque no tengo ningún problema en cortarte la cabeza y sacarte los ojos ¿Me entendés?


Estuve a punto de confesar todo a los gritos. El barrilete, la caída de Florencia, los Planos Maestros, el Mensajero, la traición de Damián y Ezequiel, todo. Pero una vez más me vino a la memoria la cara de Florencia, su sonrisa y sus ojos. Me la imaginaba en el hospital, inconsciente, soñando, desesperada por no poder hacer nada para cumplir su misión y me di cuenta que era mejor morir a manos de ese demente antes que fallarle.


-¡Ya te dije la verdad! ¡Matame si querés, pero eso es lo que pasó!


Entonces el Jefe me soltó. Por supuesto que seguía sin creerme pero no pensaba matarme. Se calmó, sonrió, me palmeó, dijo que había sido un gusto conocerme y me dejó ir. Yo no entendía nada pero me apresuré antes de que se volviera loco de nuevo. Pero cuando me alejaba me dijo:


-Si tenés algo más para decirme, ya sabés donde encontrarme. Vamos a estar muy cerca de vos.


Me fui caminando muy rápido por las calles solitarias. Me sentía humillado, angustiado y cansado. Enseguida me vino un pensamiento demasiado fuerte: abandonar todo. Ya no quería saber nada con la misión. Me habían traicionado, me habían golpeado, me habían amenazado y me habían puesto dos veces un cuchillo en la garganta. Ya eran suficientes aventuras para mí. Prefería volver a mis libros, mis cómics y mis películas. Sin embargo, cuando estaba llegando a mi casa, me encontré con el padre de Florencia. Me saludó y me dijo que estaba a punto de ir a visitar a su hija al hospital. Al instante me preguntó si quería ir con él. Dudé un segundo pero pronto acepté. Esa pequeña decisión iba a cambiar por completo el curso de los acontecimientos.