martes

En el negocio de antigüedades


Hace unos días les conté acerca del tipo que me llamaba diciéndome que había conocido a mi papá y de cómo sugería que nos encontráramos para hablar sobre el tema. Bien, con muchas dudas acepté y finalmente me encontré con él. Fue en su negocio de antigüedades. Un lugar extremadamente interesante, lleno de objetos y de historia. Me pasaría horas ahí adentro descubriendo cosas, pero es preferible que no porque el tipo me puso realmente muy incómoda. Al margen de la fea cicatriz que tiene en el rostro, su actitud no me cayó nada bien. Me observaba fijamente a los ojos con una mirada maliciosa y jugaba al misterioso todo el tiempo. De todas maneras, traté de no hacerle caso a eso y de escuchar lo que tuviera para decirme. ¿Cuándo y dónde había conocido a mi papá? Mi sorpresa fue grande cuando me dijo “En el Barrio, cuando yo tenía 11 años”. Por un momento creí que me estaba queriendo decir que él fue uno de sus amigos ¿Tal vez Damián? ¿Lombriz? ¿Tal vez el mismísimo Jefe? No. Enseguida me aclaró el panorama: “No éramos amigos, él ya era adulto y tenía una familia”. Le expliqué que eso no era posible porque en esa época mi papá tenía 12 años. Seguramente se estaba confundiendo. El tipo insistió. Dijo que se llamaba Julio Figueroa y que estaba seguro que era la misma persona. Con algo de rabia porque sentía que estaba perdiendo el tiempo le pedí que me explicara porqué estaba tan seguro pero se negó a profundizar más. Me puse muy nerviosa y, antes de irme, le dije que no me volviera a llamar porque lo iba a denunciar, aunque me parece que también le dije que iba a conseguir un arma y no iba a dudar en dispararle. No recuerdo bien, pero alguna cosa absurda de ese estilo fue lo que le dije.