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Capítulo 11: La Batalla Final

Finalmente, mi papá, Julio, llega a donde quería y relata de manera cruda pero con cierto estilo, la batalla final entre la Banda del Jefe y la Banda del Cazador. De más está decir que exagera muchas cosas, me cuesta creer que hubo muertos, por ejemplo. Sin embargo, es un capítulo extremadamente inquietante y con ciertos detalles extraños (atención a cuando el Jefe lo mira a los ojos y se atemoriza). Espero que disfruten tanto como yo uno de los últimos capítulos del diario de mi papá. En cuanto a mi propia investigación, paciencia porque muy pronto les voy a traer novedades ;)

La adrenalina fluía en grandes cantidades. Ante nuestros ojos se desplegaba el ejército más grande que jamás hubiéramos visto. La Banda del Jefe marchaba preparada para la batalla y nada los iba a detener. Entre sus filas podía distinguir al Jefe, a Victoria, a Pablo y sus dos espadas, a un grandote que parecía mayor que el resto y llevaba un garrote, a la chica del vestido morado que le había dado el cuchillo al Jefe con el que me amenazó la primera vez, también vi a dos gemelos… Del otro lado, los esperaba la Banda del Cazador, preparados para recibir un ataque que de sorpresivo ya no tenía nada.

-¡Nos subamos al árbol para ver mejor! – dijo Lombriz.


Inmediatamente empezamos a trepar las ramas. Mientras lo hacía, trataba de pensar claramente cómo íbamos a aprovechar semejante situación para meternos en la Base del Cazador y buscar los Planos Maestros. Desde lo alto tendríamos una excelente vista para analizar la situación.

Lombriz fue el primero en llegar a la punta del árbol y cuando a mi me faltaban un par de metros para alcanzarlo, sentí un dolor horrible en la espalda. “¿Qué pasa?” pensé y al instante, otra puntada, y después otra en el brazo. Resbalé y empecé a caer. Golpeé mi cuerpo contra varias ramas pero eso también amortiguó mi caída y, cuando llegué al suelo, no fue tan doloroso. Al levantar la vista, vi al Jefe acercarse junto con Victoria, que llevaba algunas piedras en la mano. Ya entendía lo que había pasado.

-¿Te dolió? ¿Cómo te escapaste, hijo de puta? – me dijo el Jefe al borde de un ataque de furia.


Me levanté a duras penas pero me devolvió al suelo con un puñetazo en la cara.


-¿Qué estás tramando? ¿Quién carajo sos? – me decía mientras me tomaba del cuello.


Yo todavía estaba conmocionado por el golpe. Me dolía todo pero estaba tan sumergido en ese estado entre el sueño y la realidad que no me importaba. Es más, era algo placentero.

El Jefe me trajo decididamente a la realidad con un nuevo puñetazo, esta vez, en el estómago. Luego me levantó prácticamente de las orejas mientras gritaba “¡Dale, respondeme!”. Siguió pegándome por todos lados y luego me volvió a agarrar del cuello para ver si esta vez le decía algo pero, al mirarme a los ojos, su cara se transformó y retrocedió. Fue algo de un segundo y creo que el resto de la Banda no se dio cuenta, pero yo sí. Su rostro lleno de furia se volvió un rostro lleno de temor. Como dije, fue solo por un segundo pero lo suficiente como para que dejara de golpearme y amenazarme. Yo no alcanzaba a entender qué le pasaba. El Jefe se quedó en silencio, dudando y confundido. La Banda empezaba a extrañarse y finalmente Pablo le preguntó qué iban a hacer.

-Vamos a seguir con el plan, pero quiero que dos de ustedes se queden vigilando a éste… no lo pierdan de vista, tengo mucho que preguntarle… - respondió tratando de mostrar firmeza.


Antes de irse, Victoria se acercó al árbol y miró hacia arriba. Temí por Lombriz, pero él ya no estaba. Quién sabe en qué momento había aprovechado para esconderse en otro lado. Indudablemente, mi amigo era un maestro.


La Banda del Jefe se puso en marcha rumbo a la Base del Cazador y, cuando Victoria pasó a mi lado, no sé porqué tuve el irrefrenable deseo de decirle “Ya nos vamos a encontrar de nuevo, me debés una”. Victoria sonrió como si no me tomara en serio al tiempo que me lanzaba una mirada profunda y enigmática.


Todo lo que siguió después fue totalmente confuso y estremecedor. Gritos, muchos gritos, golpes, chicos cayendo al suelo desangrándose, huidas… Me sigo acordando de ese día y de esos sucesos y no puedo creer de dónde saqué el valor para moverme en semejante caos y mucho menos cómo hice para sobrevivir. Dos tipos se quedaron vigilándome tal como el Jefe les había ordenado. Estábamos en una esquina, a una cuadra de la Base del Cazador. Yo quería ver cómo la Banda del Jefe invadía la Base y empezaba la batalla pero los tipos no me dejaban mover y me tenían sentado contra un árbol. Me dolía básicamente todo el cuerpo y tenía un ojo muy hinchado por los golpes, pero no me importaba. No había llegado tan lejos para ahora tener que estar sentado contra un árbol. Entonces, en la vereda del frente y asomándose detrás de un árbol apareció Lombriz. Me hacía unas señas que no entendía pero creo que su idea era que me pusiera a distraer a los dos chicos para que él los sorprendiera y me liberara. Eso me parecía muy peligroso y empecé a decirle que “no” con la cabeza pero uno de los tipos se dio cuenta.


-¿Qué hacés? ¿A quién le hacés señas?


Al ver que se venía con ganas de pegarme me puse de pie pero entre los dos me empezaron a empujar.


-¡No, no! ¿Quién te dijo que te pararas?


Uno de los dos ya había levantado su puño para estampármelo en la cara cuando un estruendoso ruido nos sorprendió a todos. Eran voces, muchas voces que gritaban.


-¿Qué mierda es eso? – dijo uno de los chicos.

-El Cazador sabía que lo iban a atacar y les tenía preparada una emboscada ¡Vayan a ayudar! – dije casi riéndome.

Entonces Lombriz cruzó la calle a toda velocidad y se puso a dar devastadores puñetazos a los dos sorprendidos vigilantes. Nunca lo había visto golpear tan fuerte a nadie. No les dio tiempo a nada, el ruido que hacían sus golpes era increíble. Enseguida los dejó a los dos tirados en el suelo con las caras desfiguradas y llenas de sangre.


-¡Gracias, Lombriz! – fue lo único que pude decirle.

-De nada ¿Y ahora qué hacemos?
-Vamos a la Base del Cazador.

Mientras nos acercábamos podíamos escuchar el impresionante caos que se había desatado. El ruido de la batalla era tan grande que, cuando llegamos al muro que nos separaba del interior de la Base, empezamos a dudar sobre si era buena idea meterse. Decidí subir y asomarme por encima de la pared pero al instante tuve que dejarme caer porque una gran llamarada casi me quema la cabeza.


-¡Están usando fuego! – dije asombrado.

-Esto es muy peligroso, Julio ¡Si nos metemos ahí seguro nos matan!
-¡Ya sé pero ahora es el momento, tenemos que aprovechar la confusión, después ya no vamos a poder adueñarnos de esos Planos!

Lombriz no quería saber nada entonces me acerqué a él y con una mezcla de ruego y furia le dije:


-¡Vamos, Lombriz! Si no lo querés hacer por vos, ni por Florencia, ni por mí, hacelo por la aventura.


Al mirarme a los ojos, Lombriz se estremeció igual que el Jefe y puso la misma cara de temor.


¿Qué pasa? – le pregunté.

-Tenés razón, Julio. Vamos a buscar esos Planos.

Cruzamos el muro y entramos al patio de aquella casa que hacía las veces de la Base de la Banda del Cazador. El espectáculo era aterrador. Las dos bandas más numerosas se estaban enfrentando a muerte. Alrededor de 100 chicos estaban atravesándose con palos, rompiéndose las cabezas con piedras, reventándose con cadenas… Había varios tirados sobre el pasto, cubiertos de sangre. Vi a Pablo manipular sus dos palos/espadas como un samurai, matando en segundos a todos los que le hacían frente. Victoria se mantenía distante, derribando a cualquiera con sus piedras y su puntería de otro planeta. Uno de los gemelos manipulaba fuego. No pude verlo detenidamente pero parecía que lo llevaba en sus propias manos. El grandote del garrote tenía una fuerza descomunal y literalmente aplastaba a sus rivales. La Banda del Cazador no se quedaba atrás y la mayoría de ellos atacaba con una suerte de afiladas lanzas. Algo que nunca voy a olvidar es que uno de ellos tenía grotescos rasgos de insecto: grandes ojos y una boca en forma de trompa. A algunos metros estaba la cabaña de madera en donde, quizás, estarían los Planos Maestros. Lombriz y yo nos movíamos rápidamente por el medio de la batalla mientras los muertos caían a nuestro alrededor. Íbamos desarmados pero nadie parecía darse cuenta de nuestra presencia. Corrimos sin parar hasta que en un momento me di cuenta que Lombriz ya no estaba a mi lado. Desesperado, comencé a mirar para todos lados mientras gritaba “¡Lombriz, Lombriz!” pero el ruido era tal que ni yo mismo me escuchaba. Me pareció verlo tirado mientras uno le pegaba fuertemente con un palo. Quise ir a detenerlo pero un enorme tipo armado con lo que parecía un pedazo de hierro se paró frente a mi dispuesto a partirme la cabeza. Instintivamente me cubrí con mi brazo y, cuando me preparaba para recibir el golpe, Berenice, la chica misteriosa del vestido morado, la que le había dado un cuchillo al Jefe en mi primer encuentro con él, la que me había mirado tan extrañamente aquella vez, apareció veloz como un rayo y en un abrir y cerrar de ojos le cortó la garganta. Por unos segundos me quedé petrificado, mirándola sin poder decir nada, hasta que Berenice me dijo “Andá”, señalándome con la cabeza la cabaña. Me puse a correr nuevamente esquivando todos los obstáculos. Cuando llegué a la puerta de la cabaña no podía creer que todavía siguiera vivo. Puse la mano en el picaporte pero ésta se abrió bruscamente y alguien salió a toda velocidad atropellándome y tirándome al suelo. Llevando una bolsa cargada de cosas, Damián se escapaba por los fondos de la Base. Casi sin aliento, me levanté y corrí tras él mientras balbuceaba “Los Planos Maestros… se lleva los Planos Maestros”.