lunes

Ante la bruma de mis ojos


En cierta forma sabía que así iba a ser. Tarde o temprano tenía que encontrarme con Damián. Tarde o temprano tendríamos que ajustar cuentas. Y ese momento había llegado. Aquel chico que alguna vez había considerado un amigo, al que tanto respetaba y temía, aquel traidor y manipulador que me había entregado a la Banda del Cazador, aquel desgraciado que había ocasionado todo este desastre, ahora escapaba con desesperación mientras llevaba consigo una bolsa llena de cosas. Escapaba igual que una rata, sin ningún disimulo y muy pronto lo vi perderse por los fondos de la Base. Con el poco aliento que me quedaba, salí tras él decidido a no dejarlo huir. Tras nosotros, quedaba aún sin resolver la sangrienta batalla final entre el Jefe y el Cazador.


Alcancé a observar cómo Damián trepaba con gran habilidad una pared y se iba hacia la calle. Fue en ese momento cuando me di cuenta que esa bien podría ser mi última oportunidad para encontrar los Planos Maestros ya que estaba seguro que los llevaba adentro de su bolsa. Motivado, junté fuerzas no sé de dónde y muy pronto yo también estaba saltando la pared que daba a la calle.


Ya he dicho anteriormente que la Base del Cazador estaba en un sector conocido como Las Colinas, llamado así por estar mucho más alto con respecto al resto del Barrio. Sus calles eran increíblemente empinadas por lo que correr a través de ellas suponía un enorme esfuerzo.

Damián corría como loco. Evidentemente sabía que alguien lo perseguía pero noté que grande fue su sorpresa cuando se dio vuelta y vio que era yo. La expresión de incredulidad que puso me dio más fuerzas aún y en ese momento supe que no podría escapar de mí.
Corrimos unos cien metros más. Las piernas me dolían horriblemente y empezaba a quedarme sin aliento. Todos los golpes que había recibido durante el día se hacían aún más evidentes en mi cuerpo y el dolor y el cansancio se volvían insoportables. Pero Damián también comenzaba a cansarse. Enseguida me di cuenta que era cuestión de tiempo para darle alcance y hacerlo pagar por todo lo que había hecho. Entonces, para mi asombro, Damián dejó de correr. Se detuvo en medio de la calle y se dio vuelta para esperarme.

Ver a Damián aguardándome, decidido a que tuviéramos el tan postergado enfrentamiento final, me enfureció todavía más. Corrí a toda velocidad dispuesto a saltarle encima. Él permanecía inmóvil. Sonreía. Y cuando estuve a solo tres metros, recordé lo sucio y traicionero que era. Esa actitud no era normal en él. ¿Aquél cobarde y traidor queriendo resolver nuestras diferencias mano a mano? Entonces, desde un costado y veloz como un rayo, apareció Ezequiel. Chocó contra mí con gran violencia y me tiró al suelo. Si hubiera tenido más tiempo habría empezado a reírme. Una vez más había caído en las trampas de aquellos dos hijos de puta.


Ezequiel me sostenía en el suelo mientras me daba puñetazos. Yo forcejeaba como endemoniado. Le metía los dedos en los ojos, lo mordía, de todo con tal de soltarme. Enseguida se acercó Damián y me controló a base de patadas. Una de ellas fue justo en mi nuca y por unos segundos se me nubló la vista. Los dos se reían y me pegaban con todas sus fuerzas.


-¡Tomá, puto! A mí nunca me podés ganar ¿Sabés? – gritaba enloquecido Damián.


-¡Hacete el héroe ahora, puto de mierda! ¡Jajaja! – Exclamaba Ezequiel.


Sentí el sabor de mi sangre. Dolor en todo el cuerpo. Ardor en la cara. Vi mi sangre en el pavimento de aquella desolada calle. Poco podía hacer para detener esa terrible paliza. Pensé en qué podría haberles hecho a aquellos dos chicos con los que tantos buenos momentos había compartido como para ahora estar siendo prácticamente asesinado por sus golpes. Pero entonces noté que los dos tropezaban y caían. De hecho, Damián cayó pesadamente sobre mí. Desde el suelo, con la vista todavía nublada, vi una figura que se erigía más imponente que nunca. Lombriz, mi verdadero amigo, tan fuerte como leal, había vuelto para salvarme la vida una vez más. Tenía una herida muy sangrante en la frente pero eso no parecía importarle porque inmediatamente estaba levantando a Ezequiel del cuello y aplastándole la cara con el poder devastador de sus puños. Yo reaccioné al instante. Le pegué un codazo en la nariz a Damián y me lo saqué de encima. Rápidamente me puse en pie dispuesto a reventarlo como fuera. Damián estaba sorprendido y no sabía qué hacer. Lombriz seguía golpeando a Ezequiel y no podía ayudarlo. Con todo mi odio acumulado fui contra mi enemigo y le hundí mi pie en su estómago con una tremenda patada. Damián volvió a caer y por un segundo creí que ya los teníamos dominados, pero cuando me di vuelta, vi que Ezequiel se había soltado de Lombriz y estaban forcejeando. Me acerqué para ayudar a mi amigo y ese fue el gran error que hasta hoy en día lamento: darle la espalda a un traidor por naturaleza. Damián aprovechó mi descuido y se puso de pie con una gran piedra en sus manos. Y mientras Lombriz y yo controlábamos una vez más a Ezequiel, Damián se acercó y arrojó la pesada piedra directamente a la cabeza de mi amigo. Al recibir tan impresionante impacto, Lombriz tambaleó un par de segundos y al tiempo que sus ojos se cerraban, cayó de boca contra la calle. Le había roto la cabeza. Nunca me voy a olvidar del enorme charco de sangre que empezó a formarse a su alrededor. Ezequiel y yo mirábamos la escena con horror. Incluso él se agachó junto a Lombriz para ver como estaba mientras decía “Boludo, lo mataste ¡Lo mataste!”. Damián me miró de forma extraña, como con miedo, como entendiendo la magnitud de lo que acababa de hacer. Pero enseguida comenzó a correr, siempre sin soltar su bolsa. Me quedé petrificado. Veía todo moverse como en cámara lenta. Ezequiel desesperado, Lombriz inconsciente, Damián escapando ¡Damián escapando! No, no podía dejar que se saliera con la suya ¡No otra vez! Nuevamente eché a correr. Me sentía hecho pedazos. Todo me dolía. Y ver a Lombriz al borde de la muerte me estaba provocando nauseas. Pero se imponía la bronca, los deseos de hacer justicia, de tomar venganza.


Damián corría como loco pero no era muy veloz. Me di cuenta que todavía podía alcanzarlo. El paisaje se me hacía conocido. Estábamos acercándonos a donde todo había empezado. Allí estaba el árbol de donde había caído Florencia tratando de recuperar el barrilete. Pensé en lo poético del momento. Damián corría casi sin aliento y cuando pasó al lado del árbol, me arrojé hacia él y caímos en el verde pasto de la vereda. No puedo describir con palabras la forma tan brutal en que le pegué. Mis ojos estaban hinchados por los golpes y a duras penas podía ver, pero aún así me las arreglé para subirme sobre él, someterlo contra el suelo y molerlo a puñetazos. Damián no podía más y gritaba que lo dejara, que me iba a dar los Planos Maestros en ese mismo momento. Yo quería matarlo y creo que si le daba un par de golpes más, bien podría haberlo hecho, pero estaba tan agotado que ya no lograba levantar mis brazos.


-Dámelos… dame esos Planos o te mato. – dije sin aliento.


Sin levantarse, Damián abrió su bolsa y sacó un rollo de papel. Lo abrí y ante mi nublada vista alcancé a adivinar un complicadísimo plano como de arquitectura, lleno de símbolos y anotaciones. ¿Eran los famosos Planos Maestros? Sigo haciéndome la misma pregunta.


Damián se levantó tambaleándose, vio la furia en mis ojos y escapó de allí rengueando antes de que me arrepintiera de dejarlo ir. Cuando lo perdí de vista, cansado hasta el extremo, me dejé caer en el pasto. Me costaba respirar. Pronto supe que me iba a desmayar en cuestión de minutos así que me quedé ahí, tirado a la sombra de aquel gran árbol en donde toda esta demencial aventura había comenzado. Una suave brisa de verano acariciaba mis heridas. A lo lejos se escuchaban los cantos de los pájaros del Barrio y las confusas risas de niños jugando. Pero entonces escuché unos pasos acercarse. Levanté mi cabeza y estoy seguro que al principio no vi a nadie, pero de repente, entre la bruma de mis ojos, surgió de la nada la figura de Alexis. Me estremecí. Estaba casi ciego pero al día de hoy puedo asegurar, puedo jurar, que apareció de la nada, que su cuerpo se materializó ante mí.


-Alexis… qué… ¿Qué está pasando?


-Tranquilo, Julio, no te agités ¡Estás muy golpeado! – dijo sorprendido mientras se agachaba junto a mi. Entonces noté que ponía una botella de agua en mi boca. Qué sabor tan incomparable. Al beberla, sentí que me volvía un poco de vida.


-¿Dónde estabas? ¿De dónde saliste? Lombriz está muerto, todo fue un desastre… – dije sin levantarme.


-Si, ya lo sé… pero veo que conseguiste lo que buscabas – respondió Alexis con cierta tristeza.


-Al fin… solo espero que Florencia se despierte para poder dárselos. El Mensajero se puede ir a la mierda.


-Lamento decirte que nada de eso va a pasar
– dijo como pidiendo perdón.


Y mientras trataba de entender qué había querido decir con ese tono tan sombrío, Alexis estiró su mano y me quitó el Plano.


-¿Qué hacés? Devolveme eso… te voy a matar – dije sin fuerzas, retorciéndome de bronca y dolor.


-Tranquilizate y escuchame, Julio. Así es como tiene que ser. No tenés idea de las cosas que vi durante estos días, las cosas que escuché ¿Te acordás cuando decíamos que este Barrio era mágico? Bueno, es la pura verdad, es mágico y hermoso, pero también es oscuro. Y por eso me tengo que llevar estos Planos. Vos no sabrías qué hacer con ellos. Yo sí.


Yo estaba al borde de la desesperación y el llanto. Sentía una mezcla de impotencia, ansiedad y resignación.


-Pero ¿Qué viste? ¿Qué escuchaste? Decimelo, Alexis ¿Tiene algo que ver con La Gran Devastación? ¡Hablame!


Con mucho esfuerzo logré sentarme en el pasto. Agitaba los brazos. Me costaba respirar. Me salían lágrimas. Trataba de buscar los ojos de Alexis para exigirle respuestas cara a cara pero todo se volvía borroso y confuso. Pronto me di cuenta que había desaparecido.


Entonces me dejé caer y me desmayé.

viernes

Cuando la Puerta se Abrió - Segunda Parte

En cuanto salimos de su casa, el Viejo comenzó a caminar muy rápidamente. Se lo veía terriblemente ansioso por encontrarse con su amigo. El sol pegaba muy fuerte y en el Barrio reinaba un abrumador silencio. Caminamos varios metros sin decir nada. Yo aún estaba confundida y no lograba concentrarme pero decidí abrir bien los ojos para no perderme ningún detalle. Al pisar aquellas calles no podía evitar sentir cierto escozor sabiendo que mi papá las había transitado durante su infancia.

-¿En dónde estaba la Base del Jefe? – le pregunté de repente al Narrador.

Sonrió y mientras señalaba hacia lo lejos dijo
“Como a 12 cuadras”.

Continuamos caminando en silencio. Yo miraba hacia todos lados tratando de apreciar la belleza y el misterio de aquel Barrio que tanta importancia había cobrado en mi vida. Y fue entonces cuando algo extraño me pasó. No sé muy bien cómo explicarlo pero una horrible
sensación de nostalgia empezó a invadirme ¿Nostalgia de qué? De cosas que no había vivido. Pensé en mi papá y en todos los sucesos que le habían pasado. Pensé en lo que lo motivaba: el amor por la aventura, pero no sólo eso, sino también el amor por Florencia. Pensé en mi misma: casi 20 años y nada de aventuras, nada de romances, nada de emociones. Una vida predecible, aburrida y estructurada. Me acordé de todas las veces que me había encerrado en mi dormitorio para sumergirme en libros llenos de sucesos extraordinarios y peligrosos mientras la vida transcurría ahí afuera, monótona y aplastante. Si era cierto que mi papá nos había abandonado, ahora empezaba a entenderlo. Como a mí, la nostalgia lo había invadido y había decidido salir a recuperar las aventuras del pasado, sacrificando a su propia familia en el proceso. ¿Lo odiaba por eso? Claro que sí, pero también lo entendía y eso me angustiaba todavía más.

Y mientras la nostalgia y la angustia se mezclaban con la siesta solitaria del Barrio creando un cóctel demoledor para cualquier estado de ánimo, me di cuenta que no todo estaba perdido.
Estaba viviendo mi propia aventura. Sí, quizás ya era un poco tarde para mi edad y quizás no era la aventura ideal. Tal vez hubiera sido mejor hacerlo acompañada y no tener que caminar sola detrás de un hombre tan extraño. Definitivamente también hubiera sido mejor no haber tenido que escuchar esas horribles revelaciones sobre mi padre pero al menos estaba viviendo algo fuera de lo común. Si en mi infancia y mi adolescencia no me había pasado nada, no importaba, todo este enorme misterio bien podía compensarlo.

Entonces llegamos. El Narrador se acercó a las viejas rejas de una casa y golpeó las palmas de sus manos. Mi corazón se aceleró ¿En verdad me iba a meter ahí? Sí, estaba totalmente decidida. El Narrador me miraba y sonreía. Pasaron unos segundos y apareció su amigo. Era un hombre de su misma edad, unos 70 años, cansado, que caminaba lentamente y con una increíble cara de fastidio. Evidentemente no tenía el aspecto jovial del Narrador pero también transmitía una extraña energía. En cuanto me vio, pareció sorprenderse e inmediatamente me lanzó una feroz mirada. Yo no dejé que eso me asustara. Había llegado demasiado lejos como para echarme atrás por un par de viejos. Unos segundos después ya estábamos adentro de la casa.

Antes de contarles cómo se fue dando aquel encuentro, tan lleno de extrañas frases, dudosas señales y más golpes de efecto, tengo que hacer una aclaración. Por momentos todo me pareció
una gran farsa. Así es. Hubo varios diálogos, gestos y miradas que el Narrador y su amigo parecían haber ensayado muchas veces. Por supuesto, todo se fue desarrollando con una gran naturalidad, pero hubo cosas que no me convencieron. Los miraba asombrada y no podía dejar de pensar “Están actuando, están representando una obrita de teatro para mí, lo planearon todo”. Claro que también hubo momentos en los que descarté esa idea y todo parecía la pura verdad. Al igual que prácticamente toda mi investigación, fue un momento marcado por una excesiva ambigüedad.

La casa del amigo del Narrador estaba muy poco iluminada y llena de cosas en todos los rincones. Cruzamos una suerte de pasillo y llegamos a un
taller en donde aquel hombre hacía su arte. Había pinturas, cuadros, pinceles y un caballete con una obra en pleno proceso que yo no podía ver. El tipo se sentó y siguió pintando.

-¿Viste que al final iba a venir? – dijo de pronto el Narrador –Me debés 50 pesos.

- Ya sé, ya sé, después te los pago, no me rompás las bolas ahora –dijo muy malhumorado su amigo.

Ese diálogo inicial fue el primero de los momentos que me parecieron preparados de antemano. Ésta vez estaba decidida a no dejarme llevar por delante así que
tomé la iniciativa.

-¿Y usted cómo se llama? Ya sé, no me lo diga: el Pintor ¿Verdad? –dije con cierto tono sarcástico.

-Casi –me respondió sonriendo maliciosamente –
Soy el Dibujante.

Los dos viejos rieron y por un segundo tuve muchas ganas de insultarlos pero no podía perder la calma.

-Así que vos sos la hija de Julio… te veo el parecido físico pero nada más que eso ¿Eh? Leí algunas cosas de tu supuesta “investigación” y no le llegás ni a la suela de las zapatillas a tu viejo. Mucha carrera de periodismo y todo lo que vos quieras
pero de alma, de sangre, nada de nada, niña.

Al escuchar semejante crítica del Dibujante y observar su actitud soberbia y llena de enojo, comencé a entender por dónde iba el asunto. Los dos amigos
estaban representando sendos papeles. El Narrador era el “policía bueno” y éste, el “policía malo”.
-Mire, señor, no vine a hablar de literatura. Su amigo me trajo diciendo que usted tiene algo que me va a servir para encontrar a mi papá así que ¿por qué no me lo da y nos ahorramos la comedia?

Los dos viejos se miraron. El Narrador sonreía.

-No me vas a negar que algunas cosas del padre tiene –le dijo de forma burlona.

Al Dibujante no pareció gustarle mi respuesta y perdió la calma definitivamente.

-¿Qué? Del padre no tiene nada. Yo las conozco a estas pendejas. Se hacen las valientes, las que luchan por lo que creen pero en cuanto las cosas se complican abandonan todo ¿Por qué? –y comenzó a dirigirse a mí –
Porque a fin de cuentas lo único que te importa a vos y a toda tu generación es tener una vida sin complicaciones. ¡Lo único que querés es tener un título, una casa, una heladera, banda ancha, fines de semana, ropa a la moda y un noviecito que haga todo lo que le decís!

-No hable como si me conociera
¡Usted no tiene idea de quién soy! –exclamé furiosa.

-¡Jaja! Andá, volvete a tu casa, volvé a tu blog. Haceme caso. Esto no es para vos, niña.
No merecés encontrarte con tu padre. – respondió el Dibujante y siguió pintando.

Miré al Narrador y me hizo un gesto como de
“ya lo escuchaste, no puedo hacer nada”, pero estaba claro que yo no me iba a ir tan fácilmente.

-Escucheme bien claro, viejo. Yo no me voy de acá hasta que me dé el objeto que necesito.

-Demostrame que lo merecés.

-¿Qué quiere que le diga? Hace 9 meses que estoy investigando. Esto se ha transformado en lo más importante de mi vida. No duermo ni como bien porque me la paso pensando todo el día en ese diario.

-Eso no me sirve.

-Dale, che, dáselo ¿Para qué la hacés sufrir? –dijo de pronto el Narrador.

-Vos sabés porqué.

La sensación de que todo era
una gran farsa volvió con fuerza. Sin embargo, tenía que insistir.

-Bueno ¿Entonces qué le sirve?

-Eso no te lo puedo decir, pero lo que sí te puedo decir es que veo en vos una chica curiosa que ha llegado muy lejos pero que
aún así no está preparada para lo que viene.

-¿Y usted cómo sabe? ¡Estoy preparada para lo que sea!

-¿Ah, sí? ¿Estás preparada para abandonar tu carrera, por ejemplo?

-Sí.

-¿Estás preparada para abandonar tu vida de comodidades?

-Sí.

-¿Estás preparada para abandonar a tu familia, tal como lo hizo tu papá?

Ah, pero qué viejo desgraciado había resultado ser el Dibujante.
Semejante golpe bajo me hizo titubear. Me mordí los labios. El viejo me miraba con sus ojos cansados pero llenos de esa extraña energía esperando una respuesta. Tragué saliva.

-Sí.

Los dos amigos se miraron. La expresión de ambos había cambiado. Estaban sorprendidos. Por lo visto no esperaban una respuesta así. De pronto, mi figura se engrandecía en medio del taller.
Me sentía segura y capaz de todo.

-¿Y? ¿Le sirve eso? ¿Me va a dar lo que necesito? –dije desafiante.

-Sí… claro que me sirve. –respondió seriamente el Dibujante, aunque se adivinaba un halo de satisfacción en sus ojos.

Inmediatamente giró hacia mí el caballete que había usado durante toda la conversación. Grande fue mi sorpresa cuando vi que
lo que había estado pintando era un mapa.

-Éste es el otro objeto que necesitás para encontrar a tu papá. Un mapa del Barrio. Cuando logrés descifrarlo, tu búsqueda habrá terminado.

El Narrador sonreía de una manera un tanto paternal.
Me sentía como si hubiera pasado una difícil prueba. Luego, los dos ancianos me dieron un par de recomendaciones finales que apenas pude captar debido a la emoción. Después salí sola de la casa ya que el Narrador decidió quedarse.

Cuando me encontré nuevamente en la calle, empecé a llorar.

martes

Cuando la puerta se abrió - Primera Parte


¡Hola a todos! Acá estoy de regreso, lista para publicar el primer post del 2010. Realmente los extrañé.Pido disculpas a todos por mi larga ausencia pero, como muchos ya saben, me tomé algunos días de vacaciones para descansar la mente de tanta investigación. Estuve en el campo, en medio de la nada, rodeada de verde (y mosquitos). Por supuesto, por más que quise, me fue imposible dejar de pensar en la desaparición de mi papá, en su diario y en todos estos raros sucesos. Pero por sobre todo, me fue imposible no pensar en lo último que me pasó. Sin lugar a dudas, lo más perturbador que me ha ocurrido jamás.
Recordarán que en el post titulado El Punto Sin Retorno comenté mi nueva visita al Barrio buscando la casa donde, según Franco, el tipo de las antigüedades, vivió mi papá en versión adulta (o al menos otro hombre también llamado Julio Figueroa). Bien, a continuación voy a contarles lo que pasó luego de encontrar la casa y tocar el timbre. Si bien este suceso ocurrió a finales del año pasado, recién terminé de escribirlo hace un par de horas. Debido a eso no pude recordar exactamente como pasó todo, pero a grandes rasgos, así fue:

Llegué en medio de una siesta calurosa y silenciosa. No había nadie en las calles, algo que parece ser una constante en el Barrio. La ansiedad y las dudas crecían con cada paso que daba en dirección a la casa. La vieja Torre que antes se usaba para abastecer de agua a los habitantes se levantaba imponente y parecía observarme. Cuando encontré la casa y toqué el timbre me di cuenta que no sabía qué iba a decir si alguien salía. No tenía nada preparado y estaba tan nerviosa que ni siquiera me sentía capaz de improvisar. Cuando vi que la puerta se abría sentí mi corazón acelerarse y llegué a pensar que no me iba a salir la voz. Entonces apareció un hombre de unos 70 años. Era muy alto y delgado, el pelo le llegaba a los hombros y lo tenía muy blanco. Parecía estar en un muy buen estado físico. Desde la puerta me dijo “Hola”. Le respondí lo mismo pero ya no pude decir otra cosa. Estaba paralizada, no sabía qué inventar. Estaba viviendo una situación increíblemente surrealista que no se parecía a nada que hubiera vivido antes. El hombre me miraba sin entender qué me pasaba y enseguida me dijo “¿Buscás algo?”. “Sí” contesté sin pensar pero al instante dije “No, me confundí, disculpe” Di media vuelta y me fui rápidamente. ¿Qué estaba haciendo? ¡Estaba huyendo! ¿Qué clase de estudiante de periodismo era? ¿Qué clase de “súper investigadora de misterios” haría lo que yo estaba haciendo? La situación me había superado y mi mejor idea era escapar. Pero no alcancé ni a dar cinco pasos cuando escuché la voz del hombre decir “¿Julieta?”. Sin poder creerlo me di vuelta.

-¿Cómo dijo?

-¿Vos sos Julieta? ¿La hija de Julio?

-Pero… ¿Y usted cómo sabe eso?

-Porque tu papá me dijo que ibas a venir.

No estaba segura de aceptar la invitación de aquel viejo a pasar a su casa pero mi intriga era tan grande que estaba al borde de un ataque de nervios. A simple vista, la casa parecía muy ordenada. Tenía muchos muebles de madera, una gran biblioteca con muchos libros y varios cuadros colgados en las paredes. Uno que me gustó mucho representaba el cofre de un tesoro que tenía la tapa abierta y dejaba ver cientos de monedas doradas en su interior. El hombre apareció con un vaso de jugo y me lo ofreció. Le dije “no, gracias” pero insistió diciéndome que seguro estaría muerta de sed por el calor. Yo no estaba dispuesta a tomar del vaso de un desconocido. El tipo parecía serio y educado pero el asunto se tornaba cada vez menos confiable.

-Mire… ¿Por qué no me dice de una vez lo que quiero saber?

-Como vos quieras, Julieta. Sentémonos y hablemos tranquilamente.

El viejo dejó a un lado el vaso de jugo y empezó a hablar.

-Has recorrido un largo camino ¿No? Y pensar que todo empezó como un trabajo para la facultad…

Yo me ponía cada vez más nerviosa.

-…Pero después encontraste el diario de tu papá y te obsesionaste. Parece una característica típica de los Figueroa. – dijo casi riendo.

-Espere, por favor, espere… - dije tratando de pensar claramente - ¿Acaso no me piensa decir cuál es su nombre, por lo menos?

-Jeje, no hay caso, che, no podés con tu alma de periodista ¿Qué importa cuál es mi nombre? ¿Qué importa quién soy? Lo que importa es que conocí a tu papá y probablemente tenga las respuestas que has estado buscando. Pero si te hace falta un nombre, podés decirme “Narrador”.

¡Bueno! Si hacía falta algo más para hacerme perder totalmente la paciencia, el viejo éste me lo acababa de dar.

-¿Narrador? ¿Me está cargando? ¿Es que nadie tiene un nombre de verdad? El Jefe, El Cazador, El Mensajero… Mire, si no me va a dar respuestas directas, mejor me voy – dije levantando la voz y dirigiéndome hacia la puerta.

-Como quieras, pero si te vas, ya no vas a poder encontrarte con tu papá.

El viejo tenía una extraña habilidad para dar golpes de efecto en los momentos precisos. Realmente parecía un Narrador. Indudablemente había dicho eso buscando impresionarme pero no lo había conseguido, lo cual hizo que la decepción se reflejara claramente en su cara ¿Por qué no lo había conseguido? Porque ya me esperaba algo así. Ya empezaba a descubrir los trucos del viejo.

-Ajá, encontrarme con mi papá ¿Usted me quiere decir que él está vivo y que siguen en contacto?

-Hmm, podría decirse…

-Escucheme, señor Narrador. Como ya debe saber, vine hasta esta casa luego de encontrarme con el enfermito de las antigüedades ¿Quién me asegura que ustedes dos no se han puesto de acuerdo para jugar conmigo, para hacerme una broma tan pelotuda como ésta? Y le voy a decir algo más: toda mi investigación, incluyendo el diario de mi papá, están en Internet así que no espere que me sorprenda diciéndome cosas que cualquier persona podría saber, como por ejemplo, mencionar el diario.

El viejo me miraba con los ojos bien abiertos y con una extraña sonrisa. Parecía satisfecho de oírme decir todas esas cosas.

-¿Vos estás esperando que te diga algo que te convenza de que estoy diciendo la verdad, Julieta?

-No me vendría mal…

-O sea que vos sos la que viene a mi casa haciendo preguntas raras pero soy yo el que tiene que dar explicaciones, jejeje… Decime, Julieta ¿Qué esperabas encontrar al venir acá?

-No sé, algo concreto, ya me cansé de tanta ambigüedad. Nada de todo esto tiene sentido. Mi papá desaparece sin dejar rastros, años después me encuentro con ese diario lleno de cosas extrañas, más tarde un gordo me dice que cuando él era chico conoció a mi papá y que vivía en esta misma casa pero ya era adulto, lo cual es imposible ¡Y como si todo eso fuera poco, vengo hasta acá y usted me dice que hay posibilidades de encontrarme con él!

-Sos igual a tu papá, obsesionada con los misterios y con buscar la verdad. Justamente por eso mismo te abandonó a vos y a tu mamá.

-¿Qué? – pregunté mientras la sangre se me helaba.

-Así es, Julieta. Ni secuestro, ni asesinato, ni encuentro con extraterrestres. Tu papá desapareció por decisión propia. Tenía algo mucho más importante que hacer más que envejecer adentro de una familia…

El viejo volvía a la carga con otro golpe de efecto y esta vez estaba consiguiendo lo que buscaba. No puedo describir muy bien cómo empecé a sentirme, pero fue uno de esos momentos en los que tus peores sospechas comienzan a confirmarse y vos no querés aceptarlo.

-No le creo nada.

-Pensá un momento, Julieta. Hacer desaparecer a alguien conlleva cierta inversión de tiempo y esfuerzo ¿Por qué alguien se metería en semejante problema para desaparecer a un tipo tan inofensivo como tu papá? Vos misma lo escribiste: “No andaba en nada raro. Trabajaba y se llevaba bien con todo el mundo.”

-No puedo estar segura de eso… y usted tampoco. – dije tratando de demostrar una firmeza que ya había perdido hacía rato.

-¿No? Conozco a tu papá prácticamente desde siempre. Lo vi niño, adolescente, adulto, casado. Conozco sus sueños, sus frustraciones, sus ideas, sus planes ¿Y vos, Julieta? Apenas tenés un vago recuerdo de él levantándote en brazos en el living de tu casa ¿Por qué te cuesta aceptarlo? Tu papá se fue porque quiso.

Entonces, mientras el viejo hablaba y presentaba sus devastadores argumentos, se me vino a la mente la imagen de mi mamá. Fue peor que recibir un mazazo. Pensé en cómo me había criado sola y cómo había sufrido tanto por su esposo desaparecido y, sin embargo, todo indicaba que mi papá se había ido por su propia cuenta. Quise ser fuerte. No quería dejarme llevar por las palabras de un viejo que ni conocía pero ya era demasiado tarde. Al fin y al cabo, esa era una de las teorías que yo manejaba. Al fin y al cabo, era lo más lógico. De repente, mi creciente angustia empezaba a mezclarse con otro sentimiento: la rabia.

-Entiendo que sea un duro golpe para vos, Julieta, pero esa es la verdad.

-¿Por qué me está contando todo esto? – le pregunté tratando de contener las lágrimas.

-Porque tu papá me lo pidió. Tiene muchas ganas de verte, Julieta.

-¿Ah, sí? ¿Y dónde está?

-Eso es algo difícil de saber pero tengo justo lo que necesitás para encontrarlo – y mientras hablaba, el viejo se fue hacia su habitación y al instante volvió con un pequeño cofre de madera. Lo abrió y en su interior había una llave.

-¿Qué es esto?

-Uno de los dos objetos que te van a hacer falta para encontrarte con tu papá. El otro lo tiene un amigo mío, vive a unas ocho cuadras de acá ¿Vamos? – dijo el viejo con un entusiasmo casi infantil.

Todo se desarrollaba demasiado rápido y apenas podía captar la mitad de las cosas que el Narrador me decía. En menos de media hora, me había tirado en la cara un montón de golpes de efecto y se había guardado para el final el más doloroso de todos ¿Acaso mi papá realmente nos había abandonado? ¿Y de dónde había salido esa llave que ahora me mostraba?

Pero no había tiempo para pensar demasiado. El viejo estaba parado en la puerta indicándome que lo único que le importaba era llevarme hacia la casa de su amigo, el cual, supuestamente, tenía el otro objeto que yo necesitaba para encontrarme con mi papá. Todo era muy confuso y me atemorizaba pero, cuando ya había logrado reprimir las lágrimas, un pensamiento totalmente esclarecedor sacudió mi cerebro: Si mi papá realmente andaba por ahí, dispuesto a hablar conmigo, tenía que encontrarlo costara lo que costara, total, ya había cruzado hacía mucho el punto sin retorno. El Narrador abrió la puerta y me dispuse a seguirlo a donde fuera que me llevara.