viernes

Cuando la Puerta se Abrió - Segunda Parte

En cuanto salimos de su casa, el Viejo comenzó a caminar muy rápidamente. Se lo veía terriblemente ansioso por encontrarse con su amigo. El sol pegaba muy fuerte y en el Barrio reinaba un abrumador silencio. Caminamos varios metros sin decir nada. Yo aún estaba confundida y no lograba concentrarme pero decidí abrir bien los ojos para no perderme ningún detalle. Al pisar aquellas calles no podía evitar sentir cierto escozor sabiendo que mi papá las había transitado durante su infancia.

-¿En dónde estaba la Base del Jefe? – le pregunté de repente al Narrador.

Sonrió y mientras señalaba hacia lo lejos dijo
“Como a 12 cuadras”.

Continuamos caminando en silencio. Yo miraba hacia todos lados tratando de apreciar la belleza y el misterio de aquel Barrio que tanta importancia había cobrado en mi vida. Y fue entonces cuando algo extraño me pasó. No sé muy bien cómo explicarlo pero una horrible
sensación de nostalgia empezó a invadirme ¿Nostalgia de qué? De cosas que no había vivido. Pensé en mi papá y en todos los sucesos que le habían pasado. Pensé en lo que lo motivaba: el amor por la aventura, pero no sólo eso, sino también el amor por Florencia. Pensé en mi misma: casi 20 años y nada de aventuras, nada de romances, nada de emociones. Una vida predecible, aburrida y estructurada. Me acordé de todas las veces que me había encerrado en mi dormitorio para sumergirme en libros llenos de sucesos extraordinarios y peligrosos mientras la vida transcurría ahí afuera, monótona y aplastante. Si era cierto que mi papá nos había abandonado, ahora empezaba a entenderlo. Como a mí, la nostalgia lo había invadido y había decidido salir a recuperar las aventuras del pasado, sacrificando a su propia familia en el proceso. ¿Lo odiaba por eso? Claro que sí, pero también lo entendía y eso me angustiaba todavía más.

Y mientras la nostalgia y la angustia se mezclaban con la siesta solitaria del Barrio creando un cóctel demoledor para cualquier estado de ánimo, me di cuenta que no todo estaba perdido.
Estaba viviendo mi propia aventura. Sí, quizás ya era un poco tarde para mi edad y quizás no era la aventura ideal. Tal vez hubiera sido mejor hacerlo acompañada y no tener que caminar sola detrás de un hombre tan extraño. Definitivamente también hubiera sido mejor no haber tenido que escuchar esas horribles revelaciones sobre mi padre pero al menos estaba viviendo algo fuera de lo común. Si en mi infancia y mi adolescencia no me había pasado nada, no importaba, todo este enorme misterio bien podía compensarlo.

Entonces llegamos. El Narrador se acercó a las viejas rejas de una casa y golpeó las palmas de sus manos. Mi corazón se aceleró ¿En verdad me iba a meter ahí? Sí, estaba totalmente decidida. El Narrador me miraba y sonreía. Pasaron unos segundos y apareció su amigo. Era un hombre de su misma edad, unos 70 años, cansado, que caminaba lentamente y con una increíble cara de fastidio. Evidentemente no tenía el aspecto jovial del Narrador pero también transmitía una extraña energía. En cuanto me vio, pareció sorprenderse e inmediatamente me lanzó una feroz mirada. Yo no dejé que eso me asustara. Había llegado demasiado lejos como para echarme atrás por un par de viejos. Unos segundos después ya estábamos adentro de la casa.

Antes de contarles cómo se fue dando aquel encuentro, tan lleno de extrañas frases, dudosas señales y más golpes de efecto, tengo que hacer una aclaración. Por momentos todo me pareció
una gran farsa. Así es. Hubo varios diálogos, gestos y miradas que el Narrador y su amigo parecían haber ensayado muchas veces. Por supuesto, todo se fue desarrollando con una gran naturalidad, pero hubo cosas que no me convencieron. Los miraba asombrada y no podía dejar de pensar “Están actuando, están representando una obrita de teatro para mí, lo planearon todo”. Claro que también hubo momentos en los que descarté esa idea y todo parecía la pura verdad. Al igual que prácticamente toda mi investigación, fue un momento marcado por una excesiva ambigüedad.

La casa del amigo del Narrador estaba muy poco iluminada y llena de cosas en todos los rincones. Cruzamos una suerte de pasillo y llegamos a un
taller en donde aquel hombre hacía su arte. Había pinturas, cuadros, pinceles y un caballete con una obra en pleno proceso que yo no podía ver. El tipo se sentó y siguió pintando.

-¿Viste que al final iba a venir? – dijo de pronto el Narrador –Me debés 50 pesos.

- Ya sé, ya sé, después te los pago, no me rompás las bolas ahora –dijo muy malhumorado su amigo.

Ese diálogo inicial fue el primero de los momentos que me parecieron preparados de antemano. Ésta vez estaba decidida a no dejarme llevar por delante así que
tomé la iniciativa.

-¿Y usted cómo se llama? Ya sé, no me lo diga: el Pintor ¿Verdad? –dije con cierto tono sarcástico.

-Casi –me respondió sonriendo maliciosamente –
Soy el Dibujante.

Los dos viejos rieron y por un segundo tuve muchas ganas de insultarlos pero no podía perder la calma.

-Así que vos sos la hija de Julio… te veo el parecido físico pero nada más que eso ¿Eh? Leí algunas cosas de tu supuesta “investigación” y no le llegás ni a la suela de las zapatillas a tu viejo. Mucha carrera de periodismo y todo lo que vos quieras
pero de alma, de sangre, nada de nada, niña.

Al escuchar semejante crítica del Dibujante y observar su actitud soberbia y llena de enojo, comencé a entender por dónde iba el asunto. Los dos amigos
estaban representando sendos papeles. El Narrador era el “policía bueno” y éste, el “policía malo”.
-Mire, señor, no vine a hablar de literatura. Su amigo me trajo diciendo que usted tiene algo que me va a servir para encontrar a mi papá así que ¿por qué no me lo da y nos ahorramos la comedia?

Los dos viejos se miraron. El Narrador sonreía.

-No me vas a negar que algunas cosas del padre tiene –le dijo de forma burlona.

Al Dibujante no pareció gustarle mi respuesta y perdió la calma definitivamente.

-¿Qué? Del padre no tiene nada. Yo las conozco a estas pendejas. Se hacen las valientes, las que luchan por lo que creen pero en cuanto las cosas se complican abandonan todo ¿Por qué? –y comenzó a dirigirse a mí –
Porque a fin de cuentas lo único que te importa a vos y a toda tu generación es tener una vida sin complicaciones. ¡Lo único que querés es tener un título, una casa, una heladera, banda ancha, fines de semana, ropa a la moda y un noviecito que haga todo lo que le decís!

-No hable como si me conociera
¡Usted no tiene idea de quién soy! –exclamé furiosa.

-¡Jaja! Andá, volvete a tu casa, volvé a tu blog. Haceme caso. Esto no es para vos, niña.
No merecés encontrarte con tu padre. – respondió el Dibujante y siguió pintando.

Miré al Narrador y me hizo un gesto como de
“ya lo escuchaste, no puedo hacer nada”, pero estaba claro que yo no me iba a ir tan fácilmente.

-Escucheme bien claro, viejo. Yo no me voy de acá hasta que me dé el objeto que necesito.

-Demostrame que lo merecés.

-¿Qué quiere que le diga? Hace 9 meses que estoy investigando. Esto se ha transformado en lo más importante de mi vida. No duermo ni como bien porque me la paso pensando todo el día en ese diario.

-Eso no me sirve.

-Dale, che, dáselo ¿Para qué la hacés sufrir? –dijo de pronto el Narrador.

-Vos sabés porqué.

La sensación de que todo era
una gran farsa volvió con fuerza. Sin embargo, tenía que insistir.

-Bueno ¿Entonces qué le sirve?

-Eso no te lo puedo decir, pero lo que sí te puedo decir es que veo en vos una chica curiosa que ha llegado muy lejos pero que
aún así no está preparada para lo que viene.

-¿Y usted cómo sabe? ¡Estoy preparada para lo que sea!

-¿Ah, sí? ¿Estás preparada para abandonar tu carrera, por ejemplo?

-Sí.

-¿Estás preparada para abandonar tu vida de comodidades?

-Sí.

-¿Estás preparada para abandonar a tu familia, tal como lo hizo tu papá?

Ah, pero qué viejo desgraciado había resultado ser el Dibujante.
Semejante golpe bajo me hizo titubear. Me mordí los labios. El viejo me miraba con sus ojos cansados pero llenos de esa extraña energía esperando una respuesta. Tragué saliva.

-Sí.

Los dos amigos se miraron. La expresión de ambos había cambiado. Estaban sorprendidos. Por lo visto no esperaban una respuesta así. De pronto, mi figura se engrandecía en medio del taller.
Me sentía segura y capaz de todo.

-¿Y? ¿Le sirve eso? ¿Me va a dar lo que necesito? –dije desafiante.

-Sí… claro que me sirve. –respondió seriamente el Dibujante, aunque se adivinaba un halo de satisfacción en sus ojos.

Inmediatamente giró hacia mí el caballete que había usado durante toda la conversación. Grande fue mi sorpresa cuando vi que
lo que había estado pintando era un mapa.

-Éste es el otro objeto que necesitás para encontrar a tu papá. Un mapa del Barrio. Cuando logrés descifrarlo, tu búsqueda habrá terminado.

El Narrador sonreía de una manera un tanto paternal.
Me sentía como si hubiera pasado una difícil prueba. Luego, los dos ancianos me dieron un par de recomendaciones finales que apenas pude captar debido a la emoción. Después salí sola de la casa ya que el Narrador decidió quedarse.

Cuando me encontré nuevamente en la calle, empecé a llorar.

6 comentarios:

Ganzo Borelli dijo...

Increíble Julieta, esta investigación y la forma en que la llevas, la transmitis, como mezclas la realidad, la ficcion, todo todo está buenisimo. Seguí que cada vez se siente más una desembocadura!!!!

Agustina dijo...

Cada día, cada capítulo, cada entrada ME SORPRENDE MÁS! seguí subiendo Julieta :) un saludo..

Julieta dijo...

Muchas gracias, Ganzo y Agustina! No tienen idea de cuánto me motivan sus palabras

Srito Ale dijo...

Tan atrapante como siempre como nos tenes acostumbrado.
Te doy mis aplausos.

y espero la siguienta parte obviamente.

Saludos.

Julieta dijo...

Gracias por el aguante de siempre, Ale. Besos!

Ganzo Borelli dijo...

Hola Julieta, vengo a dejarte el link a una revista literaria bimensual llamada "Mandeb". El primer número salio anteayer y aparecen publicados dos poemas míos :).

Mientras esperamos el nuevo capítulo (que está tardando demasiado para mi gusto jaja, la intriga es un arma de doble filo) te invito a que te la bajes y la leas!

http://www.mediafire.com/?y2dol5yibrk

Un cálido abrazo