sábado

La Última Búsqueda - Parte 2

Estuve algunos minutos de pie, prácticamente paralizada, sobre el pasto de la vereda.
A un metro de mi estaba la mano. Estaba cerrada. Acababa de sacar el esqueleto de un puño cerrado y aún no salía de mi asombro. No sabía qué hacer. Jamás me había tocado presenciar algo así. Bueno, tal vez cuando tenía 15 años y vi ese accidente de tránsito pero esto era mucho más increíble y macabro. Esa mano sugería que se había cometido un crimen. Posiblemente un asesinato. Quién sabe cuánto tiempo llevaría escondida en ese tronco. O tal vez no. Tal vez solo llevaba ahí un par de días, depositada por el Narrador y el Dibujante con la única intención de que fuera yo quien la encontrara. Se me ocurrió que quizás podrían estar riéndose por la escabrosa broma que me estaban haciendo. Incluso podrían estar observándome justo en ese momento, tal vez desde una ventana, o tal vez desde lo alto de algún techo. Miré en todas direcciones. El Barrio seguía hermosa y perturbadoramente vacío. Me senté sobre el tronco. La cabeza me daba cada vez más vueltas. ¿Qué debía hacer? ¿Era el momento de pedir ayuda? ¿Ir con la policía? ¿Abandonar todo y huir antes de que fuera demasiado tarde? No. Solamente tenía una respuesta: seguir adelante. Volví a mirar la mano. Enseguida noté que parecía estar sosteniendo algo. Mi entusiasmo volvió con fuerza ante ese descubrimiento. Con una confusa mezcla de temor y valor levanté la mano del suelo y comprobé que sí, aquel puño cerrado tenía algo entre sus dedos. Parecía estar hecho de madera. Quise abrir el puño pero era imposible. Parecía como si aún conservara algo de vida y estuviera esforzándose para impedir que me abriera paso entre sus dedos. Finalmente, comenzó a ceder y con una repulsión que pocas veces he sentido fui dejando al descubierto lo que guardaba. Era un pequeño cilindro de madera, gastado, como si tuviera varios años. Lo examiné mientras mis manos temblaban. No parecía tener mucho. Sin embargo, lo que el cilindro sí tenía, la gran pista que yo estaba esperando, era una inscripción tallada que decía “Jefe”. Cuatro simples letras que significaban un universo entero. Creí que iba a enloquecer de intriga. ¿Acaso ese pequeño cilindro había pertenecido al mítico Jefe? Es más ¿Esa mano había pertenecido al Jefe? No, no creo que hubiera sido posible, no era la mano de un niño… aunque tal vez si era la mano del Jefe pero de cuando éste se hizo adulto. “Concentrate, Julieta” me dije a mí misma. Estaba dispersándome. Lo único que en ese momento importaba era saber a dónde ir, no de quien era el esqueleto de la mano. Pero ¿Qué podía significar la palabra “Jefe”? La respuesta vino casi con la misma pregunta. Debía significar que tenía que encontrar la Base del Jefe.

En el diario de mi padre nunca se mencionaba donde se encontraba la Base del Jefe. Es más, no mencionaba donde se encontraba nada. Jamás daba nombres de calles, por ejemplo. Esa ambigüedad, que tanto me encantaba, me estaba complicando las cosas en ese momento. Encontrar la Base del Jefe se volvía una tarea imposible. Lo único que sabía era que quedaba en el patio de una casa lleno de árboles y arbustos. Eso me servía más bien de poco. Volví a mirar el mapa del Dibujante. Había un dibujo que llamaba mi atención. A varias cuadras de mi posición parecía encontrarse una casa con un gran patio. Consideré que no tenía nada que perder dirigiéndome hacia allá. De mi mochila saqué una bolsa y con cierto asco guardé la mano y el cilindro. Estaba atardeciendo y las sombras empezaban a ganar el Barrio.

Caminar por el Barrio me fascinaba. Yo también había crecido en un barrio, pero en un barrio pegado al centro de la ciudad. Un barrio con calles asfaltadas, grandes edificios, avenidas con autos a toda hora, comercios por todos lados, ruidos y luces. Pero el Barrio, el Barrio de mi padre era muy diferente. Más allá de estar alejado del centro y de todo el movimiento urbano, era tal como mi padre lo describía en su cuaderno. Silencioso, lleno de verde, por momentos casi rural, sin gente ni autos en sus calles, cientos de patios y jardines, pájaros surcando el cielo. Un lugar misterioso, de a ratos hermoso, de a ratos melancólico. El Barrio invitaba continuamente a la aventura, a la intriga, a recuperar la niñez perdida. Me di cuenta que la aventura que mi padre había vivido, la cual se extendía a través de una generación hasta llegar a mí, su hija, solo podía tener un escenario: el Barrio. Ningún otro podría ser tan perfecto. Yo siempre me había movido por dos senderos. Me gustaban el ruido y el dinamismo de la ciudad. Los centros comerciales, los autos, la tecnología. La música fuerte, los bares. Sin embargo, desde chica también había sentido el llamado de lo básico, de lo natural. Me gustaba leer libros de aventuras, de lo que fuera. Caminar descalza sobre la hierba, recibir el agua de lluvia de una tormenta, contemplar el verde de los árboles, recibir el calor del sol en una siesta de verano. Pero no fue hasta mis 19 años, cuando descubrí el diario de mi padre y me embarqué en esta aventura, que decidí escuchar ese llamado. Antes solo había escuchado el ruido.

Caminé varias cuadras. Por momentos me sentí observada. En un momento pude ver claramente como una silueta me seguía a través de los techos, pero no me importaba. Si las cosas se ponían ásperas, en un bolsillo llevaba una navaja. Estaba decidida a seguir, casi cegada. Desde que todo esto había empezado había experimentado la sensación de que algunas cosas estaban preparadas de antemano, el encuentro con el Narrador y el Dibujante, por ejemplo. Sin embargo, mi espíritu podía más y no me iba a rendir. A mi derecha y a lo lejos divisé la Torre. Por un instante creí que alguien me vigilaba desde una de sus ventanas. Me di cuenta que me estaba poniendo paranoica. Seguí caminando. Pasé frente a una escuela. Parecía abandonada. A varias cuadras vi como el terreno se elevaba haciendo que los árboles y las casas permanecieran suspendidas en lo alto. Sin duda eran Las Colinas. Caminé algunos metros más mientras mi entusiasmo le daba lugar al nerviosismo al ver como el sol se ocultaba y las sombras se apoderaban cada vez más del Barrio. Entonces llegué a donde creía que el mapa ubicaba esa casa con el gran patio. Tenía varios árboles tanto en el mismo patio como en sus veredas. Estaba segura que esa era la casa porque no había ninguna parecida en los alrededores. ¿Sería la Base del Jefe? La observé durante varios minutos. Un hombre pasó por la calle mirándome con desconfianza. Yo esperaba encontrar cualquier indicio a simple vista, no quería tener que entrar al patio, eso podía traerme problemas. La casa tenía dos pisos. Había algo raro en ella y no lograba descifrarlo. Tenía algo que ver con su aspecto. Parecía un lugar cuidado, con su pasto bien cortado y su vereda limpia, pero a la vez, parecía una casa abandonada, con nadie viviendo en ella desde hacía años. Entonces me dejé llevar. Me encaminé hacia la entrada y toqué el timbre ¿Qué iba a decir si salía alguien? Ya se me ocurriría algo. Si todo estaba preparado de antemano seguramente me haría avanzar. Alguien o algo quería tenerme justo ahí, en pleno atardecer del Barrio, tocando el timbre de esa casa y yo no lo iba a decepcionar. Sin embargo, nadie salió. Insistí, pero no obtuve respuesta. La luz del sol desaparecía cada vez más rápido y yo no quería irme hasta obtener la confirmación de que ahí había funcionado la mítica Base del Jefe. Pronto entendí que ese no era el momento. Ya había hecho demasiado para ser el primer día de búsqueda. Era hora de volver a casa.

Lo que yo no sabía era que la respuesta llegaría dos días después, en medio de una espectacular tormenta.

martes

La Última Búsqueda - Parte 1


Recuerdo que esa noche estaba en mi habitación, eran las 3 de la mañana y no me podía dormir. Observaba detenidamente la llave y el mapa que el Narrador y el Dibujante me habían entregado y lo único que quería era que el sol saliera de inmediato para embarcarme en la búsqueda, en la aventura. Tenía diferentes sensaciones, casi enfrentadas. Por un lado, experimentaba angustia, un vértigo en el centro del estómago al recordar lo que me había dicho el Narrador: que mi padre estaba vivo y quería encontrarse conmigo. Si lograba resolver el enigma de la llave y el mapa podría dar con él. Sin embargo, la mayor parte del tiempo eso se me hacía algo lejano, remoto, improbable y desaparecía ante la otra gran sensación que me invadía: la sed de aventura. Siempre había querido vivir aventuras. Desde mi infancia, y de forma inconsciente, se había apoderado de mi un espíritu casi varonil. Había sido criada por mujeres –mi mamá y mi abuela – no tenía hermanos, ni siquiera salía a jugar a la calle, pero el anhelo de querer vivir peligros y misterios siempre estuvo ahí, escondido en algún rincón oscuro de mi alma. Pero pasó la infancia, pasó la adolescencia y nada sucedió. Vinieron las responsabilidades adultas y justo en ese momento, cuando se supone que todas tus preocupaciones deben girar en torno al futuro, al trabajo y a los estudios, surgió lo del diario de mi padre. De pronto, mi dormido espíritu aventurero despertó. Entonces, a pesar de que mi padre se había ido por su cuenta, a pesar de estar rodeada de extraños, trampas y oscuridad, lo único que realmente me movilizó fue la oportunidad de vivir una demencial aventura y resolver de una vez por todas el misterio. En cierta manera me avergonzaba admitirlo. Me parecía algo infantil que lo único que me importara fuera la adrenalina que me producía esta experiencia pero tenía que ser honesta conmigo misma. Al final, decidí que tenía que dormir para recuperar fuerzas y al día siguiente dirigirme al Barrio para llegar al fondo de todo. En ese momento ni siquiera podía sospechar el terrible suceso que me esperaba.

Durante los cuarenta minutos que duró el viaje en colectivo en dirección al Barrio me dediqué a estudiar el mapa/dibujo. Era
confuso, incluso no parecía ser más que una pintura abstracta, pero creía haber encontrado una pista. Había varias líneas de puntos que se cruzaban entre sí y todas convergían en un mismo lugar. Hacia allá tenía que ir. El problema era que en el mapa no aparecía el nombre de ninguna calle, ni ninguna numeración, ni ningún otro dato concreto. Lo único que podía llegar a servirme de guía eran ciertos elementos que parecían ser casas, árboles y terrenos baldíos. Mediante una simple búsqueda en Internet yo había conseguido un mapa del Barrio pero comparándolo con el dibujo no parecían tener demasiadas coincidencias entre sí. Cientos de dudas empezaban a surgir cuando llegó el momento de bajar. El colectivo no se internaba en el Barrio, pasaba por una transitada ruta que lo bordeaba y seguía su curso por la ciudad. Descendí y empecé a caminar. Eran las 15 horas y hacía algo de calor. La quietud y el verde del Barrio, su nostálgica soledad, las largas calles, sus misteriosas diagonales, las cortinas cerradas en las ventanas, los árboles apropiándose del paisaje, los cantos de los pájaros y de los insectos, ese zumbido en el aire que no era más que el sonido del silencio invadiendo la siesta, todo eso me colocaba en un extraño estado hipnótico que, por un lado, me producía una gran melancolía pero, por el otro, me llenaba de valor para internarme en el corazón mismo del Barrio. Entonces caminé dispuesta a dejar que me mostrara lo que tuviera que mostrarme. Una hermosa pesadilla estaba por empezar.

Observando el dibujo y guiándome con el mapa que había conseguido en Internet, traté de localizar el lugar donde los puntos se unían. Según mis cálculos, debía ser
casi en el centro del Barrio pero en mi ansiosa búsqueda me fui metiendo a través de sus diagonales y terminé perdiéndome varias veces. Estaba a punto de exasperarme recorriendo aquel laberinto cuando noté que en el mapa, justo donde los puntos desembocaban, podía verse lo que parecía ser el dibujo de un árbol caído. Recordaba haber visto uno sobre una vereda. Entonces volví sobre mis pasos y lo encontré rápidamente. Era un viejo tronco, creo que de un paraíso, duro como piedra, ya sin rastros de vida en él. Me emocioné al verlo. Si realmente ese tronco era el mismo que aparecía en el dibujo, estaba pisando el lugar donde los puntos convergían. Con gran ansiedad comencé a analizar la zona tratando de descubrir algo especial, algo fuera de lo normal que me indicara que estaba donde el Narrador y el Dibujante querían. Pero no parecía haber mucho. Toda la cuadra estaba invadida por varios árboles que la cubrían con sus ramas y hojas impidiendo que la luz del sol llegase. Las casas permanecían inmóviles y silenciosas, casi como deshabitadas, todas con pequeños jardines llenos de flores y arbustos. Al igual que en el resto del Barrio, la mayoría de las veredas no tenían mosaicos, solo tierra y pasto, lo que contribuía a resaltar el aspecto casi silvestre de todo el lugar. No encontraba nada pero, lejos de frustrarme, me llené de valor y decisión y me senté en el viejo tronco para seguir analizando los mapas. Entonces, una idea me vino a la mente. Tal vez ese árbol caído no servía solo como señal sino que quizás era una pista en sí mismo. Mi corazón se estremeció ante aquella imagen y de inmediato me puse de pie. Comencé a mirar el tronco por todos lados buscando algo, cualquier cosa. A simple vista no había nada, entonces me tiré sobre el pasto y continué buscando en la parte de abajo. Ahí pude ver que el tronco tenía un gran hueco, aparentemente profundo ya que no podía distinguir su interior. Sin dudarlo y casi al borde de la desesperación, decidí meter mi mano, aún sabiendo que podía albergar arañas o quizás algo peor. Entonces toqué algo, algo sólido, macizo, no muy grande, con formas extrañas pero bien definidas. Con la cabeza dándome mil vueltas por el nerviosismo me esforcé para agarrarlo y pronto lo tuve en mi mano. Sin mirar qué era me volví a poner de pie. Cuando dirigí mis ojos para observar qué era casi caigo de espaldas. Instintivamente lo solté y cayó sobre el pasto. Lo que había sacado del agujero en el tronco era el esqueleto de una mano.

viernes

Capítulo 13: Cuando ya no haya esperanzas.


Nota: Por un error de Blogger este post fue borrado y tuve que volver a publicarlo. Disculpas a los que habían dejado sus comentarios.


Del diario de mi padre.

Ver el capítulo anterior

Cuando desperté, me sentía aturdido y cansado. Al principio me estremecí al no reconocer la habitación en donde estaba pero enseguida me di cuenta que era un hospital. Mis padres aparecieron a los pocos minutos. Se los veía muy preocupados pero, al mismo tiempo, terriblemente enojados conmigo, solo que no decían nada al respecto. Sin embargo, yo sabía que solo era cuestión de tiempo para empezar a recibir sus retos, castigos y reproches. Y así fue. Me dijeron que me podría haber matado, que era un pendenciero, un vago y un irresponsable, que mis amigos eran unos animales con los que no podría volver a juntarme más. Hasta ahí, todo normal. Nada de lo que me decían me importaba en realidad, pero sí me empecé a asustar cuando me dijeron que había llegado a aquel hospital luego de que un vecino me viera caer desde lo alto de un árbol. No podía ser cierto. Eso había sido antes, cuando Victoria logró derribarme con sus piedras y su gran puntería, pero luego habían pasado otras cosas, muchas más cosas, hasta finalmente enfrentarme al infeliz de Damián y ahí si, desmayarme sobre el pasto de la vereda.

-¿De qué árbol dicen que me caí?

-De ese enorme que está en la esquina de casa. Dicen que estabas buscando un barrilete ¿Es cierto eso? ¿Podés llegar a ser tan inútil como para darte semejante golpe por un barrilete? – respondió mi mamá.

Yo me había desmayado al pie de ese árbol pero no me había caído de él ¿Qué estaba pasando?

-Me parece que están confundidos ¿Quién les contó eso?

-Ya te dijimos, fue un vecino que pasaba por ahí, no tiene importancia. Mirá, el médico quiere que te quedes internado hasta mañana para asegurarse de que estás bien, así que descansá. Nosotros nos tenemos que ir, en un rato volvemos.

Entonces vi que mi papá miraba a mi mamá con una extraña preocupación, como preguntándole algo.

-¿Qué pasa? Díganme.

-Julio, nos vamos a mudar – dijo finalmente mi papá.

-¿Qué? ¿Cuándo?

-En dos semanas. Ya sé que no te debe gustar nada la idea pero ya sabés cómo es esto. Es por mi trabajo.

-No, pero… no puede ser… no pueden hacerme esto – dije angustiado.

-Julio – interrumpió mi mamá – A mí tampoco me gusta la idea pero así son las cosas. Además, después de lo que te pasó, este Barrio me gusta cada vez menos, por eso creo que tal vez mudarse sea lo mejor, sobre todo para vos.

Y así, después de darme esa nefasta noticia, mis padres se fueron dejándome en la soledad de aquella habitación de hospital.

Mi mente comenzó a inundarse de imágenes y pensamientos y una horrible ansiedad me envolvía. ¿Qué habría sido de Lombriz? ¿Estaría muerto? ¿Y Alexis? ¿Había visto bien, realmente había aparecido de la nada ante mis ojos para luego desaparecer de la misma forma? ¿Y Florencia? ¿Habría despertado? ¿Y cómo habría terminado la sangrienta batalla final entre las bandas del Jefe y el Cazador? ¿Y los Planos Maestros? ¿Qué eran y por qué los quería Alexis? ¿Y por qué mis padres decían que un vecino me había visto caer de un árbol buscando un barrilete? Esa había sido Florencia ¿Acaso era posible que todo hubiese sido un sueño? Y además, como si todo eso fuera poco, acababa de recibir la noticia de que nuevamente íbamos a mudarnos. Yo no quería abandonar el Barrio. No podía dejar aquel misterioso y hermoso lugar. Había aprendido a amarlo. Además, no podía irme dejando todo inconcluso. Me daban ganas de levantarme de la cama y salir corriendo por la puerta, o tirarme por la ventana si era necesario. Todo se derrumbaba a mí alrededor y yo no podía evitarlo. Nunca antes me había sentido tan solo. Atrapado. A merced de fuerzas mucho más poderosas que yo que me controlaban y hacían conmigo lo que querían. Qué rabia y qué tristeza sentía. Trataba de pensar en posibles soluciones pero todo se diluía. Me gustara o no me gustara, mis padres tenían el control. Yo solo era un pendejo que todavía ni siquiera había empezado la escuela secundaria. Entonces, en medio de ese estado de desesperación total, me acordé de unas palabras. Unas palabras demasiado fuertes. Unas palabras que el padre de Florencia me había dicho aquella tarde cuando me entregó esa extraña caja. “Abrila cuando la angustia te ahogue, cuando el aburrimiento te haya consumido todos los huesos, cuando se te formen amargos pliegues alrededor de la boca, cuando realmente sientas que no hay esperanza”. Nunca entendí qué me había querido decir exactamente pero la situación que estaba viviendo parecía perfecta para abrir esa caja. Sentía que no había esperanza y ya no se me ocurría nada ¿Qué mejor momento que éste? Ahora solo bastaba tener la caja en mis manos. Llamé a una enfermera y le pedí usar un teléfono. De muy mala gana aceptó. Hablé a mi casa y le dije a mi mamá que me trajera “una cajita que tengo sobre la mesa de mi habitación”. Le resultó un raro pedido pero accedió. Solo quedaba esperar.

Tenía mucha incertidumbre y cierta expectativa. Me resultaba absurdo que mi última esperanza fuera el contenido de una insignificante caja pero así estaban dadas las cosas. Todo lo que me pasaba era ilógico y surreal y, sin embargo, ya me había acostumbrado. Después de todo, vivía en el Barrio. De a poco mis ojos empezaron a cerrarse y caí en un profundo sueño.

Al despertar me encontré con la presencia de mi madre trayendo la caja en una bolsa. Esta vez se la veía más tranquila. Estaba preocupada pero al mismo tiempo aliviada de que en el fondo yo estuviera bien. Yo no tenía muchas ganas de hablar. Simplemente quería que me dejara solo con la caja. No sé porqué pero tenía una inexplicable confianza en las palabras del padre de Florencia y esperaba que mágicamente todos mis problemas se resolvieran al abrirla. Por suerte, mi madre tuvo que salir un momento. Era la oportunidad ideal para comprobar hasta qué punto esa misteriosa cajita de madera era tan importante. Sin embargo, al tenerla en mis manos y observarla recordé que tenía una cerradura. Y yo no tenía ninguna llave capaz de abrirla. El padre de Florencia no había mencionado ese detalle. ¿Acaso era una broma? Intenté abrirla pero fue inútil. ¿Es que aquel tipo pretendía que la rompiera, que la hiciera pedazos contra el piso? La impotencia y la frustración una vez más hacían acto de presencia. Nada me salía bien. Creo que en ese momento bien podría haber llorado de rabia y de tristeza ante tantos obstáculos pero en vez de eso empecé a reírme. Era una risa nerviosa, una reacción instintiva ante tantos fracasos. Pero enseguida la risa se fue transformando en una incontenible sensación de furia, y cuando estaba a punto de tirar la caja contra la pared, alguien entró en la habitación: era el padre de Florencia.

-¿Sabés por qué no te di la llave? Porque te estaba poniendo a prueba.

Yo estaba atónito ante su sorpresiva entrada.

-Te dije que ahí adentro hay algo grande, no podés pretender abrir la caja ante el primer inconveniente, Julio.

-Usted dijo que la abriera cuando sintiera que no hay esperanza ¡Y bueno! ¡Eso es lo que siento ahora!

-Cosas peores van a pasar. Creeme, esto no es nada. La caja no es un remedio mágico que te va a resolver la vida, es algo que solo un valiente, un buscador de aventuras se merece ¡Por eso te la di!

-No me venga con eso… por “buscar aventuras” mire cómo terminé ¡Mire cómo terminó su hija!

-Julio, ahora no lo podés entender. Te vas del Barrio y creés que todo fue un gran fracaso pero no es así. Muchísima gente daría todo por sentir esa pasión por la aventura que vos sentís, darían lo que no tienen por vivir lo que viviste… y esto no se ha terminado. Apenas está empezando.

Su entusiasmo a la hora de hablar se fue volviendo sombrío. Sentí escalofríos.

-Ya oíste hablar de La Gran Devastación. Esa es tu misión. Salvar al Barrio de La Gran Devastación.

Me quedé sin palabras. Aquel hombre mayor, aquel adulto, aquel padre de familia estaba hablando de cosas fantásticas e incomprensibles como cualquier chico del Barrio, solo que en su boca las palabras sonaban totalmente verdaderas. Lo miré a los ojos y pude sentir que lo decía en serio, que no estaba loco, que estaba más cuerdo que cualquiera.

-Acá tenés la llave, Julio. Creo que no hace falta decirte que todavía no es el momento de usarla.

Y después de decir eso, el padre de Florencia se marchó sin agregar nada más.

jueves

Mis días con el miedo


Mientras escribo estas líneas me encuentro en mi habitación. Hacía meses que no entraba en ella. La siento algo lejana y extraña. Durante años este fue mi principal refugio, la isla en donde me sentía cómoda, la cueva en donde llegué a experimentar la idea de que todo era posible escribiendo relatos, leyendo novelas y mirando películas. Pero entonces llegó ese nefasto día, el día de mi accidente. En aquel momento estuve a punto de perderlo todo, y no hablo solo de mi vida, hablo de mis sueños, de mis amigos, de mi familia. ¿Y todo por qué? Por un cuaderno de mierda. Por un padre que nunca conocí y que me abandonó. Por una estúpida aventura repleta de ambigüedad, de desconocidos y de mentiras. Estuve en coma dos semanas. Tengo ciertos recuerdos de esos días pero creo que son falsos. Falsos recuerdos. Soñé muchas cosas. Soñé con el Barrio, con Victoria arrojándome piedras que impactaban todas en mi cabeza, con el Barrilete volando por el cielo alejándose cada vez más de mi. Cosas sin importancia. Luego desperté y pasé otras dos semanas en el hospital. Pero despierta. Sola. Sola durante horas. Ahí vinieron los ataques de pánico. No sé a qué le tenía miedo pero era una sensación espantosa. Mi mamá estaba conmigo pero no era suficiente. Sentía terror. Me sentía caer en el infinito. Sentía angustia, nostalgia, la presencia continua de la muerte. Todo estaba bien, mi salud no hacía más que mejorar, pero yo no dejaba de estar asustada y de llorar a cada momento. Luego me dieron el alta. Volví a mi casa. De a ratos me dolía la cabeza pero nada más. El doctor me había dicho que había tenido mucha suerte y yo trataba de descubrir en dónde estaba esa suerte después de todo. Recibí la visita de familiares, amigos y compañeros de la facultad. Pronto estuve en condiciones de volver a mi vida cotidiana pero yo no pensaba salir. Y no solo por los ataques de pánico sino también porque todo había perdido su sabor. La vida se había tornado algo inútil y despreciable. Ya no le encontraba sentido a salir, a caminar, a hacer proyectos, a respirar. Toda la energía y la sed de aventuras que supe experimentar cuando me embarqué en la investigación sobre la desaparición de mi padre se habían ido. Es más, en cuanto la recordaba me moría de rabia. Ya no solo era miedo lo que sentía, era odio. Odio hacia todo y todos, y especialmente hacia mí misma. Quise olvidarme de mi padre, del Barrio y de todas las cosas relacionadas con la investigación. Llegué a la conclusión de que, para lograrlo, tenía que dedicarme a algo nuevo. Otro proyecto, algo más liviano, algo que fuera totalmente lo contrario. Empecé a recibir la visita de un compañero de la facultad. Un chico un par de años mayor que yo, inteligente, atractivo, educado. El sueño de toda madre, incluyendo la mía. Nunca nos habíamos prestado demasiada atención pero de pronto e inesperadamente nos encontramos conversando, riendo y conociéndonos. Disfrutaba de su compañía y él de la mía. Mis ataques de pánico empezaban a desaparecer. Estaba feliz. Mi mamá no podía disimular su alegría. Pronto empecé a sentir algo que hacía años no experimentaba ¿Me estaba enamorando? Así parecía. Ese podía ser el cambio que estaba buscando. Mi mamá suspiraba aliviada. Finalmente, su hija rara se comportaba como una persona normal. Esa noche, me llamó por teléfono. Superando cierto nerviosismo pero siempre como un caballero, confesó que me amaba. Una confusa felicidad recorrió mi cuerpo. Continuó diciendo que quería cuidarme y acompañarme en todo, que quería hacer cosas junto a mí. En cierta forma me impactó. Por un momento casi quise gritarle que yo también lo amaba pero me contuve. No hacía falta gritar, solo tenía que decirle que yo también quería lo mismo y allí hubiera quedado sellado el comienzo de nuestra relación a otro nivel. Pero, cuando estaba a punto de pronunciar esas palabras, un pensamiento tan poderoso, brillante y fugaz como un rayo resplandeció en las zonas más oscuras de mi cerebro. No podía decírselo. No podía mentirle de esa forma. Por más que yo lo negara, por más que mis miedos y mi odio fueran enormes, en mi alma aún había algo que latía incesantemente: la irresistible sed de aventuras, la insatisfacción por una vida monótona y aplastante, la nostalgia por cosas que no habían pasado, la ansiedad por explorar y descubrir, el llamado de la sangre paternal que martillaba mis oídos diciéndome que no podía escapar de mi destino, que algo había quedado inconcluso. Entonces sentí cómo sobre mi caía el peso de la realidad. No podía esconderme más tiempo. No podía negar lo que era. Había llegado increíblemente lejos. Había que terminar la historia. Y no se lo dije. Mi mamá ya no sabía qué hacer conmigo. Me creía una especie de caso perdido. Hablamos. Nunca le conté demasiados detalles sobre mi investigación. Pero esa noche la conversación se prolongó por horas. Y casi sin darme cuenta le terminé contando la horrible revelación del Narrador: Papá se había ido por su propia cuenta. Me sorprendí un poco ante la reacción de ella. No se le movió un pelo.

-¿Ya lo sabías? - pregunté

- Nunca estuve segura pero es lo más probable. Una semana antes de que desapareciera tuvimos una charla. Andaba melancólico. Extrañaba algo y no me quería decir qué pero yo sabía que tenía algo que ver con su niñez. Vivía obsesionado con eso. Tu papá era como un chico. Un chico que de pronto tuvo que ir a trabajar, que se casó y tuvo una hija pero que nunca creció. Ojo, era muy responsable y maduro, pero tenía el alma de un niño ¿Me entendés?

Yo asentía con la cabeza.


- Bueno, me acuerdo que en esa charla habló sobre arreglar las cosas del pasado. Dijo que era horrible tener asuntos pendientes, que por más que pasara el tiempo hay cuestiones que te persiguen, que te hacen sentir vacío... en cierta forma no me sorprendió que desapareciera. Lo que sí me sorprendió es que no dejara ninguna pista.

- Mamá, vos viste lo obsesionada que estuve todo este tiempo por ese tema. Después del accidente quise olvidarlo, como si nunca hubiera pasado, pero hoy me di cuenta que no puedo… tengo que terminar lo que empecé, aunque duela y aunque me cueste tener que sacrificar las cosas que me importan.

Mi mamá me miraba comprensiva.


- Pero hay un obstáculo… no puedo superar el miedo.


- Julieta, confieso que hasta hoy no sé si las cosas que escribiste son reales, o ficticias, o un poco de las dos. Sé que siempre tuviste mucha imaginación. Pero, no importa. Ése es el oficio del escritor. No te voy a empezar a preguntar qué cosa es real o qué cosa no lo es. Pero tampoco importa el miedo que tengas porque, si no terminás ahora lo que empezaste, un día, de acá a 20 años, te vas a arrepentir y tal vez vas a querer terminarlo…. y, Dios no quiera, pero a lo mejor dejás a tu familia con tal de hacerlo.

Y así fue cuando, después de hablar con mi mamá, me dirigí hacia mi habitación, prendí la luz y me acerqué a buscar esa pequeña caja que había encontrado hacía nueve meses. Una caja vieja, cerrada con un candado, con desgastados dibujos a su alrededor. Pensé en cuánto me había costado encontrarla. Ahora finalmente la tenía en mis manos. Temblaba. El miedo irracional volvía con fuerza. Lo que más me aterraba era que ya sabía lo que tenía que hacer. El Narrador me había dado una llave. Seguramente era la que habría la caja. Podría haber apostado mi vida a que así era. Pero no quería comprobarlo. No todavía. Había llegado casi al final pero todo parecía estar apenas comenzando.

lunes

Nueve meses después

Hoy, 21 de marzo de 2011, después de 9 meses, me animo a volver a escribir. Lo último publicado en este blog es de julio del año pasado. Muchos de ustedes me han escrito correos preguntándome qué pasaba y porqué no había señales de mi. Hoy al fin me animo a escribirlo. Sufrí un increíble accidente. Un accidente terrible, doloroso y de larga recuperación que me tuvo un mes en el hospital. Definitivamente, mi vida parece trazada de antemano siguiendo el modelo de mi padre. Él también pasó un tiempo en el hospital y también a causa de un tremendo golpe. Un golpe en la cabeza que me hizo delirar por días, que me hizo tener pesadillas, que me hizo llegar a pensar que me iba a morir. Pero no fue así. Me recuperé y hoy casi no quedan secuelas, aunque hay una de ellas que se mantiene latente: el miedo. Así es, luego del accidente empecé a tener ataques de pánico tanto o más perturbadores que el mismo golpe. Pasó el tiempo y ya estaba en condiciones de volver más o menos a mi vida normal pero no quise saber nada con esa idea. No quería salir de mi casa, difícilmente me asomaba a la ventana para ver el cielo y algún que otro árbol. Pero por sobre todo, no quería entrar a mi habitación. ¿Por qué? Porque allí estaba la causa de mi accidente. Allí, sobre mi escritorio, estuvo durante 9 largos meses el objeto final de mi investigación. Un objeto que me aterrorizaba de solo pensar en él. Recordarán que luego de encontrarme con el Narrador y el Dibujante y luego de que me entregaran una llave y un dibujo explicándome que esas dos cosas eran todo lo que necesitaba para encontrar a mi padre, me lancé decidida a la búsqueda. Fueron 7 días de emoción, frustración, euforia, angustia y rabia. Días en que no comí ni dormí de tan concentrada que estaba tratando de descifrar qué significado podían tener esa llave y ese dibujo. Y una noche, me iluminé. Nunca voy a olvidar la indescriptible sensación de alegría y ansiedad que experimenté. Fue prácticamente como un orgasmo. Al día siguiente corrí hasta quedar sin aliento sabiendo que me esperaba la tan esperada resolución. Y sí, la encontré. Pero también me encontré con ese accidente casi mortal que me sacó de escena durante tanto tiempo. Me costó regresar. Me costó volver a entrar a mi habitación. Pero ya era hora. No puedo conmigo misma. Hoy me paré en la puerta de mi habitación, prendí la luz y la ví. Sobre el escritorio aún me esperaba, paciente y sin apuro, la pequeña caja que encontré hace 9 meses.