viernes

Capítulo 13: Cuando ya no haya esperanzas.


Nota: Por un error de Blogger este post fue borrado y tuve que volver a publicarlo. Disculpas a los que habían dejado sus comentarios.


Del diario de mi padre.

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Cuando desperté, me sentía aturdido y cansado. Al principio me estremecí al no reconocer la habitación en donde estaba pero enseguida me di cuenta que era un hospital. Mis padres aparecieron a los pocos minutos. Se los veía muy preocupados pero, al mismo tiempo, terriblemente enojados conmigo, solo que no decían nada al respecto. Sin embargo, yo sabía que solo era cuestión de tiempo para empezar a recibir sus retos, castigos y reproches. Y así fue. Me dijeron que me podría haber matado, que era un pendenciero, un vago y un irresponsable, que mis amigos eran unos animales con los que no podría volver a juntarme más. Hasta ahí, todo normal. Nada de lo que me decían me importaba en realidad, pero sí me empecé a asustar cuando me dijeron que había llegado a aquel hospital luego de que un vecino me viera caer desde lo alto de un árbol. No podía ser cierto. Eso había sido antes, cuando Victoria logró derribarme con sus piedras y su gran puntería, pero luego habían pasado otras cosas, muchas más cosas, hasta finalmente enfrentarme al infeliz de Damián y ahí si, desmayarme sobre el pasto de la vereda.

-¿De qué árbol dicen que me caí?

-De ese enorme que está en la esquina de casa. Dicen que estabas buscando un barrilete ¿Es cierto eso? ¿Podés llegar a ser tan inútil como para darte semejante golpe por un barrilete? – respondió mi mamá.

Yo me había desmayado al pie de ese árbol pero no me había caído de él ¿Qué estaba pasando?

-Me parece que están confundidos ¿Quién les contó eso?

-Ya te dijimos, fue un vecino que pasaba por ahí, no tiene importancia. Mirá, el médico quiere que te quedes internado hasta mañana para asegurarse de que estás bien, así que descansá. Nosotros nos tenemos que ir, en un rato volvemos.

Entonces vi que mi papá miraba a mi mamá con una extraña preocupación, como preguntándole algo.

-¿Qué pasa? Díganme.

-Julio, nos vamos a mudar – dijo finalmente mi papá.

-¿Qué? ¿Cuándo?

-En dos semanas. Ya sé que no te debe gustar nada la idea pero ya sabés cómo es esto. Es por mi trabajo.

-No, pero… no puede ser… no pueden hacerme esto – dije angustiado.

-Julio – interrumpió mi mamá – A mí tampoco me gusta la idea pero así son las cosas. Además, después de lo que te pasó, este Barrio me gusta cada vez menos, por eso creo que tal vez mudarse sea lo mejor, sobre todo para vos.

Y así, después de darme esa nefasta noticia, mis padres se fueron dejándome en la soledad de aquella habitación de hospital.

Mi mente comenzó a inundarse de imágenes y pensamientos y una horrible ansiedad me envolvía. ¿Qué habría sido de Lombriz? ¿Estaría muerto? ¿Y Alexis? ¿Había visto bien, realmente había aparecido de la nada ante mis ojos para luego desaparecer de la misma forma? ¿Y Florencia? ¿Habría despertado? ¿Y cómo habría terminado la sangrienta batalla final entre las bandas del Jefe y el Cazador? ¿Y los Planos Maestros? ¿Qué eran y por qué los quería Alexis? ¿Y por qué mis padres decían que un vecino me había visto caer de un árbol buscando un barrilete? Esa había sido Florencia ¿Acaso era posible que todo hubiese sido un sueño? Y además, como si todo eso fuera poco, acababa de recibir la noticia de que nuevamente íbamos a mudarnos. Yo no quería abandonar el Barrio. No podía dejar aquel misterioso y hermoso lugar. Había aprendido a amarlo. Además, no podía irme dejando todo inconcluso. Me daban ganas de levantarme de la cama y salir corriendo por la puerta, o tirarme por la ventana si era necesario. Todo se derrumbaba a mí alrededor y yo no podía evitarlo. Nunca antes me había sentido tan solo. Atrapado. A merced de fuerzas mucho más poderosas que yo que me controlaban y hacían conmigo lo que querían. Qué rabia y qué tristeza sentía. Trataba de pensar en posibles soluciones pero todo se diluía. Me gustara o no me gustara, mis padres tenían el control. Yo solo era un pendejo que todavía ni siquiera había empezado la escuela secundaria. Entonces, en medio de ese estado de desesperación total, me acordé de unas palabras. Unas palabras demasiado fuertes. Unas palabras que el padre de Florencia me había dicho aquella tarde cuando me entregó esa extraña caja. “Abrila cuando la angustia te ahogue, cuando el aburrimiento te haya consumido todos los huesos, cuando se te formen amargos pliegues alrededor de la boca, cuando realmente sientas que no hay esperanza”. Nunca entendí qué me había querido decir exactamente pero la situación que estaba viviendo parecía perfecta para abrir esa caja. Sentía que no había esperanza y ya no se me ocurría nada ¿Qué mejor momento que éste? Ahora solo bastaba tener la caja en mis manos. Llamé a una enfermera y le pedí usar un teléfono. De muy mala gana aceptó. Hablé a mi casa y le dije a mi mamá que me trajera “una cajita que tengo sobre la mesa de mi habitación”. Le resultó un raro pedido pero accedió. Solo quedaba esperar.

Tenía mucha incertidumbre y cierta expectativa. Me resultaba absurdo que mi última esperanza fuera el contenido de una insignificante caja pero así estaban dadas las cosas. Todo lo que me pasaba era ilógico y surreal y, sin embargo, ya me había acostumbrado. Después de todo, vivía en el Barrio. De a poco mis ojos empezaron a cerrarse y caí en un profundo sueño.

Al despertar me encontré con la presencia de mi madre trayendo la caja en una bolsa. Esta vez se la veía más tranquila. Estaba preocupada pero al mismo tiempo aliviada de que en el fondo yo estuviera bien. Yo no tenía muchas ganas de hablar. Simplemente quería que me dejara solo con la caja. No sé porqué pero tenía una inexplicable confianza en las palabras del padre de Florencia y esperaba que mágicamente todos mis problemas se resolvieran al abrirla. Por suerte, mi madre tuvo que salir un momento. Era la oportunidad ideal para comprobar hasta qué punto esa misteriosa cajita de madera era tan importante. Sin embargo, al tenerla en mis manos y observarla recordé que tenía una cerradura. Y yo no tenía ninguna llave capaz de abrirla. El padre de Florencia no había mencionado ese detalle. ¿Acaso era una broma? Intenté abrirla pero fue inútil. ¿Es que aquel tipo pretendía que la rompiera, que la hiciera pedazos contra el piso? La impotencia y la frustración una vez más hacían acto de presencia. Nada me salía bien. Creo que en ese momento bien podría haber llorado de rabia y de tristeza ante tantos obstáculos pero en vez de eso empecé a reírme. Era una risa nerviosa, una reacción instintiva ante tantos fracasos. Pero enseguida la risa se fue transformando en una incontenible sensación de furia, y cuando estaba a punto de tirar la caja contra la pared, alguien entró en la habitación: era el padre de Florencia.

-¿Sabés por qué no te di la llave? Porque te estaba poniendo a prueba.

Yo estaba atónito ante su sorpresiva entrada.

-Te dije que ahí adentro hay algo grande, no podés pretender abrir la caja ante el primer inconveniente, Julio.

-Usted dijo que la abriera cuando sintiera que no hay esperanza ¡Y bueno! ¡Eso es lo que siento ahora!

-Cosas peores van a pasar. Creeme, esto no es nada. La caja no es un remedio mágico que te va a resolver la vida, es algo que solo un valiente, un buscador de aventuras se merece ¡Por eso te la di!

-No me venga con eso… por “buscar aventuras” mire cómo terminé ¡Mire cómo terminó su hija!

-Julio, ahora no lo podés entender. Te vas del Barrio y creés que todo fue un gran fracaso pero no es así. Muchísima gente daría todo por sentir esa pasión por la aventura que vos sentís, darían lo que no tienen por vivir lo que viviste… y esto no se ha terminado. Apenas está empezando.

Su entusiasmo a la hora de hablar se fue volviendo sombrío. Sentí escalofríos.

-Ya oíste hablar de La Gran Devastación. Esa es tu misión. Salvar al Barrio de La Gran Devastación.

Me quedé sin palabras. Aquel hombre mayor, aquel adulto, aquel padre de familia estaba hablando de cosas fantásticas e incomprensibles como cualquier chico del Barrio, solo que en su boca las palabras sonaban totalmente verdaderas. Lo miré a los ojos y pude sentir que lo decía en serio, que no estaba loco, que estaba más cuerdo que cualquiera.

-Acá tenés la llave, Julio. Creo que no hace falta decirte que todavía no es el momento de usarla.

Y después de decir eso, el padre de Florencia se marchó sin agregar nada más.

1 comentario:

Cuthbert dijo...

NOOOOOO!!! ME ENCANTOOO!!! GRACIAS GRACIAS GRACIAS GRACIAS ESCRIBIR DE NUEVO