martes

La Última Búsqueda - Parte 1


Recuerdo que esa noche estaba en mi habitación, eran las 3 de la mañana y no me podía dormir. Observaba detenidamente la llave y el mapa que el Narrador y el Dibujante me habían entregado y lo único que quería era que el sol saliera de inmediato para embarcarme en la búsqueda, en la aventura. Tenía diferentes sensaciones, casi enfrentadas. Por un lado, experimentaba angustia, un vértigo en el centro del estómago al recordar lo que me había dicho el Narrador: que mi padre estaba vivo y quería encontrarse conmigo. Si lograba resolver el enigma de la llave y el mapa podría dar con él. Sin embargo, la mayor parte del tiempo eso se me hacía algo lejano, remoto, improbable y desaparecía ante la otra gran sensación que me invadía: la sed de aventura. Siempre había querido vivir aventuras. Desde mi infancia, y de forma inconsciente, se había apoderado de mi un espíritu casi varonil. Había sido criada por mujeres –mi mamá y mi abuela – no tenía hermanos, ni siquiera salía a jugar a la calle, pero el anhelo de querer vivir peligros y misterios siempre estuvo ahí, escondido en algún rincón oscuro de mi alma. Pero pasó la infancia, pasó la adolescencia y nada sucedió. Vinieron las responsabilidades adultas y justo en ese momento, cuando se supone que todas tus preocupaciones deben girar en torno al futuro, al trabajo y a los estudios, surgió lo del diario de mi padre. De pronto, mi dormido espíritu aventurero despertó. Entonces, a pesar de que mi padre se había ido por su cuenta, a pesar de estar rodeada de extraños, trampas y oscuridad, lo único que realmente me movilizó fue la oportunidad de vivir una demencial aventura y resolver de una vez por todas el misterio. En cierta manera me avergonzaba admitirlo. Me parecía algo infantil que lo único que me importara fuera la adrenalina que me producía esta experiencia pero tenía que ser honesta conmigo misma. Al final, decidí que tenía que dormir para recuperar fuerzas y al día siguiente dirigirme al Barrio para llegar al fondo de todo. En ese momento ni siquiera podía sospechar el terrible suceso que me esperaba.

Durante los cuarenta minutos que duró el viaje en colectivo en dirección al Barrio me dediqué a estudiar el mapa/dibujo. Era
confuso, incluso no parecía ser más que una pintura abstracta, pero creía haber encontrado una pista. Había varias líneas de puntos que se cruzaban entre sí y todas convergían en un mismo lugar. Hacia allá tenía que ir. El problema era que en el mapa no aparecía el nombre de ninguna calle, ni ninguna numeración, ni ningún otro dato concreto. Lo único que podía llegar a servirme de guía eran ciertos elementos que parecían ser casas, árboles y terrenos baldíos. Mediante una simple búsqueda en Internet yo había conseguido un mapa del Barrio pero comparándolo con el dibujo no parecían tener demasiadas coincidencias entre sí. Cientos de dudas empezaban a surgir cuando llegó el momento de bajar. El colectivo no se internaba en el Barrio, pasaba por una transitada ruta que lo bordeaba y seguía su curso por la ciudad. Descendí y empecé a caminar. Eran las 15 horas y hacía algo de calor. La quietud y el verde del Barrio, su nostálgica soledad, las largas calles, sus misteriosas diagonales, las cortinas cerradas en las ventanas, los árboles apropiándose del paisaje, los cantos de los pájaros y de los insectos, ese zumbido en el aire que no era más que el sonido del silencio invadiendo la siesta, todo eso me colocaba en un extraño estado hipnótico que, por un lado, me producía una gran melancolía pero, por el otro, me llenaba de valor para internarme en el corazón mismo del Barrio. Entonces caminé dispuesta a dejar que me mostrara lo que tuviera que mostrarme. Una hermosa pesadilla estaba por empezar.

Observando el dibujo y guiándome con el mapa que había conseguido en Internet, traté de localizar el lugar donde los puntos se unían. Según mis cálculos, debía ser
casi en el centro del Barrio pero en mi ansiosa búsqueda me fui metiendo a través de sus diagonales y terminé perdiéndome varias veces. Estaba a punto de exasperarme recorriendo aquel laberinto cuando noté que en el mapa, justo donde los puntos desembocaban, podía verse lo que parecía ser el dibujo de un árbol caído. Recordaba haber visto uno sobre una vereda. Entonces volví sobre mis pasos y lo encontré rápidamente. Era un viejo tronco, creo que de un paraíso, duro como piedra, ya sin rastros de vida en él. Me emocioné al verlo. Si realmente ese tronco era el mismo que aparecía en el dibujo, estaba pisando el lugar donde los puntos convergían. Con gran ansiedad comencé a analizar la zona tratando de descubrir algo especial, algo fuera de lo normal que me indicara que estaba donde el Narrador y el Dibujante querían. Pero no parecía haber mucho. Toda la cuadra estaba invadida por varios árboles que la cubrían con sus ramas y hojas impidiendo que la luz del sol llegase. Las casas permanecían inmóviles y silenciosas, casi como deshabitadas, todas con pequeños jardines llenos de flores y arbustos. Al igual que en el resto del Barrio, la mayoría de las veredas no tenían mosaicos, solo tierra y pasto, lo que contribuía a resaltar el aspecto casi silvestre de todo el lugar. No encontraba nada pero, lejos de frustrarme, me llené de valor y decisión y me senté en el viejo tronco para seguir analizando los mapas. Entonces, una idea me vino a la mente. Tal vez ese árbol caído no servía solo como señal sino que quizás era una pista en sí mismo. Mi corazón se estremeció ante aquella imagen y de inmediato me puse de pie. Comencé a mirar el tronco por todos lados buscando algo, cualquier cosa. A simple vista no había nada, entonces me tiré sobre el pasto y continué buscando en la parte de abajo. Ahí pude ver que el tronco tenía un gran hueco, aparentemente profundo ya que no podía distinguir su interior. Sin dudarlo y casi al borde de la desesperación, decidí meter mi mano, aún sabiendo que podía albergar arañas o quizás algo peor. Entonces toqué algo, algo sólido, macizo, no muy grande, con formas extrañas pero bien definidas. Con la cabeza dándome mil vueltas por el nerviosismo me esforcé para agarrarlo y pronto lo tuve en mi mano. Sin mirar qué era me volví a poner de pie. Cuando dirigí mis ojos para observar qué era casi caigo de espaldas. Instintivamente lo solté y cayó sobre el pasto. Lo que había sacado del agujero en el tronco era el esqueleto de una mano.