sábado

La Última Búsqueda - Parte 2

Estuve algunos minutos de pie, prácticamente paralizada, sobre el pasto de la vereda.
A un metro de mi estaba la mano. Estaba cerrada. Acababa de sacar el esqueleto de un puño cerrado y aún no salía de mi asombro. No sabía qué hacer. Jamás me había tocado presenciar algo así. Bueno, tal vez cuando tenía 15 años y vi ese accidente de tránsito pero esto era mucho más increíble y macabro. Esa mano sugería que se había cometido un crimen. Posiblemente un asesinato. Quién sabe cuánto tiempo llevaría escondida en ese tronco. O tal vez no. Tal vez solo llevaba ahí un par de días, depositada por el Narrador y el Dibujante con la única intención de que fuera yo quien la encontrara. Se me ocurrió que quizás podrían estar riéndose por la escabrosa broma que me estaban haciendo. Incluso podrían estar observándome justo en ese momento, tal vez desde una ventana, o tal vez desde lo alto de algún techo. Miré en todas direcciones. El Barrio seguía hermosa y perturbadoramente vacío. Me senté sobre el tronco. La cabeza me daba cada vez más vueltas. ¿Qué debía hacer? ¿Era el momento de pedir ayuda? ¿Ir con la policía? ¿Abandonar todo y huir antes de que fuera demasiado tarde? No. Solamente tenía una respuesta: seguir adelante. Volví a mirar la mano. Enseguida noté que parecía estar sosteniendo algo. Mi entusiasmo volvió con fuerza ante ese descubrimiento. Con una confusa mezcla de temor y valor levanté la mano del suelo y comprobé que sí, aquel puño cerrado tenía algo entre sus dedos. Parecía estar hecho de madera. Quise abrir el puño pero era imposible. Parecía como si aún conservara algo de vida y estuviera esforzándose para impedir que me abriera paso entre sus dedos. Finalmente, comenzó a ceder y con una repulsión que pocas veces he sentido fui dejando al descubierto lo que guardaba. Era un pequeño cilindro de madera, gastado, como si tuviera varios años. Lo examiné mientras mis manos temblaban. No parecía tener mucho. Sin embargo, lo que el cilindro sí tenía, la gran pista que yo estaba esperando, era una inscripción tallada que decía “Jefe”. Cuatro simples letras que significaban un universo entero. Creí que iba a enloquecer de intriga. ¿Acaso ese pequeño cilindro había pertenecido al mítico Jefe? Es más ¿Esa mano había pertenecido al Jefe? No, no creo que hubiera sido posible, no era la mano de un niño… aunque tal vez si era la mano del Jefe pero de cuando éste se hizo adulto. “Concentrate, Julieta” me dije a mí misma. Estaba dispersándome. Lo único que en ese momento importaba era saber a dónde ir, no de quien era el esqueleto de la mano. Pero ¿Qué podía significar la palabra “Jefe”? La respuesta vino casi con la misma pregunta. Debía significar que tenía que encontrar la Base del Jefe.

En el diario de mi padre nunca se mencionaba donde se encontraba la Base del Jefe. Es más, no mencionaba donde se encontraba nada. Jamás daba nombres de calles, por ejemplo. Esa ambigüedad, que tanto me encantaba, me estaba complicando las cosas en ese momento. Encontrar la Base del Jefe se volvía una tarea imposible. Lo único que sabía era que quedaba en el patio de una casa lleno de árboles y arbustos. Eso me servía más bien de poco. Volví a mirar el mapa del Dibujante. Había un dibujo que llamaba mi atención. A varias cuadras de mi posición parecía encontrarse una casa con un gran patio. Consideré que no tenía nada que perder dirigiéndome hacia allá. De mi mochila saqué una bolsa y con cierto asco guardé la mano y el cilindro. Estaba atardeciendo y las sombras empezaban a ganar el Barrio.

Caminar por el Barrio me fascinaba. Yo también había crecido en un barrio, pero en un barrio pegado al centro de la ciudad. Un barrio con calles asfaltadas, grandes edificios, avenidas con autos a toda hora, comercios por todos lados, ruidos y luces. Pero el Barrio, el Barrio de mi padre era muy diferente. Más allá de estar alejado del centro y de todo el movimiento urbano, era tal como mi padre lo describía en su cuaderno. Silencioso, lleno de verde, por momentos casi rural, sin gente ni autos en sus calles, cientos de patios y jardines, pájaros surcando el cielo. Un lugar misterioso, de a ratos hermoso, de a ratos melancólico. El Barrio invitaba continuamente a la aventura, a la intriga, a recuperar la niñez perdida. Me di cuenta que la aventura que mi padre había vivido, la cual se extendía a través de una generación hasta llegar a mí, su hija, solo podía tener un escenario: el Barrio. Ningún otro podría ser tan perfecto. Yo siempre me había movido por dos senderos. Me gustaban el ruido y el dinamismo de la ciudad. Los centros comerciales, los autos, la tecnología. La música fuerte, los bares. Sin embargo, desde chica también había sentido el llamado de lo básico, de lo natural. Me gustaba leer libros de aventuras, de lo que fuera. Caminar descalza sobre la hierba, recibir el agua de lluvia de una tormenta, contemplar el verde de los árboles, recibir el calor del sol en una siesta de verano. Pero no fue hasta mis 19 años, cuando descubrí el diario de mi padre y me embarqué en esta aventura, que decidí escuchar ese llamado. Antes solo había escuchado el ruido.

Caminé varias cuadras. Por momentos me sentí observada. En un momento pude ver claramente como una silueta me seguía a través de los techos, pero no me importaba. Si las cosas se ponían ásperas, en un bolsillo llevaba una navaja. Estaba decidida a seguir, casi cegada. Desde que todo esto había empezado había experimentado la sensación de que algunas cosas estaban preparadas de antemano, el encuentro con el Narrador y el Dibujante, por ejemplo. Sin embargo, mi espíritu podía más y no me iba a rendir. A mi derecha y a lo lejos divisé la Torre. Por un instante creí que alguien me vigilaba desde una de sus ventanas. Me di cuenta que me estaba poniendo paranoica. Seguí caminando. Pasé frente a una escuela. Parecía abandonada. A varias cuadras vi como el terreno se elevaba haciendo que los árboles y las casas permanecieran suspendidas en lo alto. Sin duda eran Las Colinas. Caminé algunos metros más mientras mi entusiasmo le daba lugar al nerviosismo al ver como el sol se ocultaba y las sombras se apoderaban cada vez más del Barrio. Entonces llegué a donde creía que el mapa ubicaba esa casa con el gran patio. Tenía varios árboles tanto en el mismo patio como en sus veredas. Estaba segura que esa era la casa porque no había ninguna parecida en los alrededores. ¿Sería la Base del Jefe? La observé durante varios minutos. Un hombre pasó por la calle mirándome con desconfianza. Yo esperaba encontrar cualquier indicio a simple vista, no quería tener que entrar al patio, eso podía traerme problemas. La casa tenía dos pisos. Había algo raro en ella y no lograba descifrarlo. Tenía algo que ver con su aspecto. Parecía un lugar cuidado, con su pasto bien cortado y su vereda limpia, pero a la vez, parecía una casa abandonada, con nadie viviendo en ella desde hacía años. Entonces me dejé llevar. Me encaminé hacia la entrada y toqué el timbre ¿Qué iba a decir si salía alguien? Ya se me ocurriría algo. Si todo estaba preparado de antemano seguramente me haría avanzar. Alguien o algo quería tenerme justo ahí, en pleno atardecer del Barrio, tocando el timbre de esa casa y yo no lo iba a decepcionar. Sin embargo, nadie salió. Insistí, pero no obtuve respuesta. La luz del sol desaparecía cada vez más rápido y yo no quería irme hasta obtener la confirmación de que ahí había funcionado la mítica Base del Jefe. Pronto entendí que ese no era el momento. Ya había hecho demasiado para ser el primer día de búsqueda. Era hora de volver a casa.

Lo que yo no sabía era que la respuesta llegaría dos días después, en medio de una espectacular tormenta.

1 comentario:

Pilar Alberdi dijo...

He leído con placer varias partes de la novela. Tiene todos los ingredientes de una buena historia.
Un abrazo.