jueves

Mis días con el miedo


Mientras escribo estas líneas me encuentro en mi habitación. Hacía meses que no entraba en ella. La siento algo lejana y extraña. Durante años este fue mi principal refugio, la isla en donde me sentía cómoda, la cueva en donde llegué a experimentar la idea de que todo era posible escribiendo relatos, leyendo novelas y mirando películas. Pero entonces llegó ese nefasto día, el día de mi accidente. En aquel momento estuve a punto de perderlo todo, y no hablo solo de mi vida, hablo de mis sueños, de mis amigos, de mi familia. ¿Y todo por qué? Por un cuaderno de mierda. Por un padre que nunca conocí y que me abandonó. Por una estúpida aventura repleta de ambigüedad, de desconocidos y de mentiras. Estuve en coma dos semanas. Tengo ciertos recuerdos de esos días pero creo que son falsos. Falsos recuerdos. Soñé muchas cosas. Soñé con el Barrio, con Victoria arrojándome piedras que impactaban todas en mi cabeza, con el Barrilete volando por el cielo alejándose cada vez más de mi. Cosas sin importancia. Luego desperté y pasé otras dos semanas en el hospital. Pero despierta. Sola. Sola durante horas. Ahí vinieron los ataques de pánico. No sé a qué le tenía miedo pero era una sensación espantosa. Mi mamá estaba conmigo pero no era suficiente. Sentía terror. Me sentía caer en el infinito. Sentía angustia, nostalgia, la presencia continua de la muerte. Todo estaba bien, mi salud no hacía más que mejorar, pero yo no dejaba de estar asustada y de llorar a cada momento. Luego me dieron el alta. Volví a mi casa. De a ratos me dolía la cabeza pero nada más. El doctor me había dicho que había tenido mucha suerte y yo trataba de descubrir en dónde estaba esa suerte después de todo. Recibí la visita de familiares, amigos y compañeros de la facultad. Pronto estuve en condiciones de volver a mi vida cotidiana pero yo no pensaba salir. Y no solo por los ataques de pánico sino también porque todo había perdido su sabor. La vida se había tornado algo inútil y despreciable. Ya no le encontraba sentido a salir, a caminar, a hacer proyectos, a respirar. Toda la energía y la sed de aventuras que supe experimentar cuando me embarqué en la investigación sobre la desaparición de mi padre se habían ido. Es más, en cuanto la recordaba me moría de rabia. Ya no solo era miedo lo que sentía, era odio. Odio hacia todo y todos, y especialmente hacia mí misma. Quise olvidarme de mi padre, del Barrio y de todas las cosas relacionadas con la investigación. Llegué a la conclusión de que, para lograrlo, tenía que dedicarme a algo nuevo. Otro proyecto, algo más liviano, algo que fuera totalmente lo contrario. Empecé a recibir la visita de un compañero de la facultad. Un chico un par de años mayor que yo, inteligente, atractivo, educado. El sueño de toda madre, incluyendo la mía. Nunca nos habíamos prestado demasiada atención pero de pronto e inesperadamente nos encontramos conversando, riendo y conociéndonos. Disfrutaba de su compañía y él de la mía. Mis ataques de pánico empezaban a desaparecer. Estaba feliz. Mi mamá no podía disimular su alegría. Pronto empecé a sentir algo que hacía años no experimentaba ¿Me estaba enamorando? Así parecía. Ese podía ser el cambio que estaba buscando. Mi mamá suspiraba aliviada. Finalmente, su hija rara se comportaba como una persona normal. Esa noche, me llamó por teléfono. Superando cierto nerviosismo pero siempre como un caballero, confesó que me amaba. Una confusa felicidad recorrió mi cuerpo. Continuó diciendo que quería cuidarme y acompañarme en todo, que quería hacer cosas junto a mí. En cierta forma me impactó. Por un momento casi quise gritarle que yo también lo amaba pero me contuve. No hacía falta gritar, solo tenía que decirle que yo también quería lo mismo y allí hubiera quedado sellado el comienzo de nuestra relación a otro nivel. Pero, cuando estaba a punto de pronunciar esas palabras, un pensamiento tan poderoso, brillante y fugaz como un rayo resplandeció en las zonas más oscuras de mi cerebro. No podía decírselo. No podía mentirle de esa forma. Por más que yo lo negara, por más que mis miedos y mi odio fueran enormes, en mi alma aún había algo que latía incesantemente: la irresistible sed de aventuras, la insatisfacción por una vida monótona y aplastante, la nostalgia por cosas que no habían pasado, la ansiedad por explorar y descubrir, el llamado de la sangre paternal que martillaba mis oídos diciéndome que no podía escapar de mi destino, que algo había quedado inconcluso. Entonces sentí cómo sobre mi caía el peso de la realidad. No podía esconderme más tiempo. No podía negar lo que era. Había llegado increíblemente lejos. Había que terminar la historia. Y no se lo dije. Mi mamá ya no sabía qué hacer conmigo. Me creía una especie de caso perdido. Hablamos. Nunca le conté demasiados detalles sobre mi investigación. Pero esa noche la conversación se prolongó por horas. Y casi sin darme cuenta le terminé contando la horrible revelación del Narrador: Papá se había ido por su propia cuenta. Me sorprendí un poco ante la reacción de ella. No se le movió un pelo.

-¿Ya lo sabías? - pregunté

- Nunca estuve segura pero es lo más probable. Una semana antes de que desapareciera tuvimos una charla. Andaba melancólico. Extrañaba algo y no me quería decir qué pero yo sabía que tenía algo que ver con su niñez. Vivía obsesionado con eso. Tu papá era como un chico. Un chico que de pronto tuvo que ir a trabajar, que se casó y tuvo una hija pero que nunca creció. Ojo, era muy responsable y maduro, pero tenía el alma de un niño ¿Me entendés?

Yo asentía con la cabeza.


- Bueno, me acuerdo que en esa charla habló sobre arreglar las cosas del pasado. Dijo que era horrible tener asuntos pendientes, que por más que pasara el tiempo hay cuestiones que te persiguen, que te hacen sentir vacío... en cierta forma no me sorprendió que desapareciera. Lo que sí me sorprendió es que no dejara ninguna pista.

- Mamá, vos viste lo obsesionada que estuve todo este tiempo por ese tema. Después del accidente quise olvidarlo, como si nunca hubiera pasado, pero hoy me di cuenta que no puedo… tengo que terminar lo que empecé, aunque duela y aunque me cueste tener que sacrificar las cosas que me importan.

Mi mamá me miraba comprensiva.


- Pero hay un obstáculo… no puedo superar el miedo.


- Julieta, confieso que hasta hoy no sé si las cosas que escribiste son reales, o ficticias, o un poco de las dos. Sé que siempre tuviste mucha imaginación. Pero, no importa. Ése es el oficio del escritor. No te voy a empezar a preguntar qué cosa es real o qué cosa no lo es. Pero tampoco importa el miedo que tengas porque, si no terminás ahora lo que empezaste, un día, de acá a 20 años, te vas a arrepentir y tal vez vas a querer terminarlo…. y, Dios no quiera, pero a lo mejor dejás a tu familia con tal de hacerlo.

Y así fue cuando, después de hablar con mi mamá, me dirigí hacia mi habitación, prendí la luz y me acerqué a buscar esa pequeña caja que había encontrado hacía nueve meses. Una caja vieja, cerrada con un candado, con desgastados dibujos a su alrededor. Pensé en cuánto me había costado encontrarla. Ahora finalmente la tenía en mis manos. Temblaba. El miedo irracional volvía con fuerza. Lo que más me aterraba era que ya sabía lo que tenía que hacer. El Narrador me había dado una llave. Seguramente era la que habría la caja. Podría haber apostado mi vida a que así era. Pero no quería comprobarlo. No todavía. Había llegado casi al final pero todo parecía estar apenas comenzando.