lunes

La Torre y la Caja






Y por fin estaba de pie ante la Torre. ¿Por qué será que nos fascinan tanto las torres? Están presentes en muchas obras literarias, en mitos y leyendas, en juegos, en grandes sucesos de la Historia. Y ahora, yo también tenía una Torre en mi camino. A decir verdad, no era nada imponente. Apenas debía medir unos 40 metros. Había sido construida con un objetivo noble pero sencillo: llevar agua a los vecinos del Barrio antes de que se instalara el nuevo sistema. Actualmente estaba abandonada y varias veces había corrido el riesgo de ser demolida para aprovechar el terreno donde se levantaba. Sin embargo, aún seguía en pie, observando silenciosamente todo el Barrio. Si bien no era una construcción imponente, era muy tenebrosa, sugestiva, como un humilde faro junto al mar en una noche estrellada.

Tenía que entrar. Entrar y recorrer todos sus rincones en busca de esa pista final que tanto deseaba. La pista final que me llevaría al encuentro con mi padre. Eran las 4 de la tarde y calculé que investigar su interior no debería llevarme más de dos horas. Me aseguré de que no hubiera nadie observándome (lo cual sabía que, en cierta forma, era absurdo: siempre había alguien observándome), crucé las herrumbradas rejas que la rodeaban y me dirigí hacia la puerta sosteniendo la llave que me había dado el Narrador. “Claro, tiene sentido” – me dije – “El mapa del Dibujante me sirvió para llegar a la Torre, entonces la llave debe ser para poder entrar”. Pero, para mi sorpresa, la puerta no tenía cerradura y simplemente había que empujarla para ingresar.
Ya estaba adentro. Olía a tierra vieja y todo se encontraba en la más completa oscuridad. Prendí mi linterna y empecé a caminar por sus angostos pasillos. Había escombros en el piso y me pareció ver una rata negra que corría buscando refugio. Yo no tenía miedo pero sí estaba muy ansiosa. Sabía que debía mantenerme alerta, respirar hondo, observar todo, estar preparada para enfrentar cualquier peligro. Por eso llevaba mi navaja en la mano derecha lista para ser usada. Vi algunas inscripciones extrañas en las paredes, como redactadas en un idioma desconocido y antiguo. También había dibujos de trazos sencillos, como si hubieran sido realizados por niños. Apenas eran visibles pero el que más llamó mi atención era algo así como un grupo de chicos huyendo de otros mucho más numerosos que vestían hábitos negros como los que usan los monjes e iban armados con palos o espadas. Los chicos que huían buscaban refugio en un gran edificio parecido a la Torre pero más grande, como una fortaleza. Caminando otros metros había una escalera. Empecé a subir y, puedo jurar, que mis pasos se confundían con los de alguien más. Miré hacia atrás y, por supuesto, no había nadie. “Pero yo sé que están aquí”, me dije. Más adelante había otra vieja y desgastada inscripción, esta vez en un claro idioma castellano: “La Banda de Los Magos”. Pensé si acaso esa sería la banda de Florencia. La banda que se movía en las sombras y que buscaba salvar al Barrio de “La Gran Devastación”. Consideré que la Torre podría haber sido un gran lugar para que una banda de esas características estableciera su base. Sin embargo, siguiendo unos cuantos metros, había otra inscripción que parecía un poco más reciente: “La Banda de El Coleccionista”. O sea que al menos dos bandas, seguramente en épocas distintas, habían tenido a la Torre como su base de operaciones. Me acordé de Franco, el dueño del negocio de antigüedades, el de la horrible cicatriz en la cara. Él era un coleccionista ¿Sería el mismo?

Continué subiendo las escaleras. Por momentos sentía que temblaban y me daba la impresión de que todo se iba a derrumbar. Volví a escuchar otros pasos y también una serie de golpes secos y lejanos. Me costó un poco descifrar qué eran pero llegué a la conclusión de que se trataba de una pelota rebotando contra el piso. Nada de eso me impresionaba pero sí comencé a llenarme de dudas. “¿Qué se supone que tengo que encontrar? Tiene que ser algo que me conecte con mi padre, pero no solamente eso, también debe llevarme hacia él, si es que después de todo sigue vivo.” Entonces lo supe: tenía que encontrar la caja. La bendita caja que el padre de Florencia le había dado a mi padre con la clara indicación de que debía abrirla solo “cuando la angustia te ahogue, cuando el aburrimiento te haya consumido todos los huesos, cuando se te formen amargos pliegues alrededor de la boca, cuando realmente sientas que no hay esperanza”. Claro, sí, eso era, eso debía ser. La caja. Y con ae del Narrador tenía que abrirla. Y entonces resolvería el misterio. Me lo repetía incesamente porque necesitaba creer que era así. De lo contrario solo estaba perdiendo el tiempo como una imbécil dando vueltas dentro de una torre mugrosa. Pero ¿Dónde estaría escondida la famosa caja? El lugar no era muy grande, pero encontrar una pequeña caja en medio de la oscuridad era algo que bien podía volverse terriblemente difícil. Los golpes secos continuaban pero ya no tan lejanos. ¿Y si era una señal? ¿Y si alguien intentaba comunicarse conmigo mediante esos sonidos? Decidí que debía encontrar su origen, Apuré la marcha y continué subiendo. Todo indicaba que ese rítmico rebotar de la pelota provenía de arriba. Había una pequeña ventana al costado de la escalera y pude ver que ya me encontraba muy alto. Comencé a ponerme nerviosa ¿Quién me estaría esperando? Sujeté con firmeza mi navaja. Los sonidos se volvían cada vez más cercanos. Pronto terminé de subir. No sé si me encontraba en la cima de la Torre o dónde pero aparecí en una gran habitación llena de escombros. Entonces los sonidos se detuvieron. La luz del día se filtraba por otra ventanita y no parecía haber ninguna persona aparte de mí en el lugar. Entonces observé y busqué en todas direcciones. Y no tardé mucho. Ahí, prácticamente en el medio de la habitación, como si hubiera estado esperándome toda la vida, se encontraba la pequeña caja, con su candado, con sus desgastados dibujos en los cuatro costados. Sentí una emoción indescriptible pero también miles de dudas. Me sentía una especie de títere en un juego ambiguo y perverso. Pero no podía hacer más que levantar la caja y salir de ahí. Me agaché, la sostuve en mis manos, volví a pararme y sentí un estruendo. El piso había cedido. Pronto me vi en el aire, sin nada a qué aferrarme, cayendo vertiginosamente junto con cientos de escombros. Con una fuerza irresistible, mi cuerpo golpeó contra el piso de abajo mientras un pesado ladrillo se estrellaba en mi cabeza. Me quedé quieta, tirada en el medio del desastre, tratando de darme cuenta si todavía estaba viva. El silencio era aún más horrible que el estruendo que había escuchado segundos antes. Quise levantarme y no pude. Temí lo peor. Me invadió el miedo en su más primitiva esencia. Quise gritar y tampoco pude. No podía moverme, nadie sabía que estaba ahí, tenía heridas en todo el cuerpo, me había golpeado violentamente la cabeza. Pensé que me iba a morir. Me causó algo de gracia: “Tal vez ésta sea la forma de volver a encontrarme con mi padre”. Estuve algunos minutos sin saber qué hacer y entoncés empecé a sentirme realmente muymal, como si fuera a desmayarme. “Bueno, esto es todo”, me dije. La cabeza me daba mil vueltas, los ojos se me cerraban, todo se volvía confuso, escuchaba voces y un sonido que ya conocía muy bien: la pelota rebotando contra el piso. Con lo último que me quedaba de fuerzas, giré la cabeza para ver de dónde provenía y, finalmente, la vi. Una nena de no más de diez años, con un vestido rojo, mirándome fijamente, con gesto serio, casi de adulta, sosteniendo una extraña pelota entre sus manos.

Después todo se puso oscuro.

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