lunes

Un destello






Estoy en mi cuarto, de pie ante la caja. Tengo la llave en mi mano. Han pasado nueve meses desde mi accidente y milagrosamente no tengo casi secuelas. Pero me invade un miedo poderoso e irracional. El sonido de la pelota rebotando aún resuena en mi cabeza. De todas maneras, por primera vez en mucho tiempo, tengo las ideas totalmente claras. Sé muy bien qué debo hacer. Tengo que abrir la caja, tal como mi papá debe haberlo hecho en su momento. No sé cuál será su contenido ¿Una carta, quizás? ¿Un testamento? ¿Una vieja foto? En segundos lo averiguaré. El miedo sigue presente, mi corazón se acelera pero, no voy a dejar que eso me detenga. Cada tanto sufro de terribles dolores de cabeza. Ahora mismo están surgiendo. Tomo pastillas para controlar los ataques de pánico. Todavía me pregunto cómo fui a parar de estar inconsciente en la Torre a internada en el hospital ¿Quién me habrá salvado? ¿El Narrador? ¿El Dibujante? ¿La Nena del Vestido Rojo? ¿Esas misteriosas siluetas que me seguían? Ya no importa. Es tarde y mi mamá duerme en su habitación. Estoy sola ante mi destino. Como siempre. Entonces tomo la caja e introduzco la llave en su desgastada cerradura. La abro. Observo. Y no hay nada. La reviso casi con desesperación. Miro si acaso tiene un doble fondo. Nada. Completamente vacía. Entonces, llena de frustración, levanto la vista y me doy cuenta que ya no estoy en mi cuarto. Estoy afuera, en una calle oscura. El cielo estrellado me observa. Un viejo farol ilumina tímidamente una esquina. Grandes árboles me rodean. El silencio me aturde. Puedo sentir ese silencio tan característico. Ya sé dónde estoy: en el Barrio. Pero se lo ve cambiado, más salvaje y primitivo. Tengo una rara mezcla de fascinación y angustia ¿Qué acaba de pasar? Yo misma me siento extraña. Observo mis manos. Se ven más jóvenes y pequeñas. Entonces escucho a lo lejos ladridos de perros furiosos. Un nene como de doce años viene corriendo hacia mí.
-¡No te quedés parada ahí, corré! – me grita
Sin pensarlo empiezo a correr junto con él y veo que tenemos la misma estatura.
-¿Cómo te llamás? – pregunta
-Julieta – digo sin parar de correr.
-Yo soy Alexis ¡Ahora dame la mano!
Le doy mi mano mientras una docena de perros nos persiguen sedientos de sangre. Entonces, un destello me enceguece y los dos aparecemos en una especie de plaza con aspecto de bosque. Ya no hay ningún perro.
-Apuesto a que nunca habías viajado así ¿no? – me dice Alexis sonriendo.
-Te sorprenderías… - respondo mientras recupero el aliento y mi mente se transforma en un retorcido torbellino lleno de preguntas.